La Ciudad Inmortal

Nuestra Lengua EL ESPAÑOL

LA CRIMINALIZACIÓN DEL IDIOMA ESPAÑOL

Por Ricardo García Moya

¿Por qué la Generalidad edita un libro en francés y catalán, rechazando las lenguas española y valenciana? Es difícil la respuesta, especialmente si analizamos que la autora, María Milagros Cárcel Ortí, no es francesa ni catalana. EI libro “Vocabulaire international de la diplomatique”, con más de 300 páginas, se imprimió en la litografía Guada del Camino Nuevo de Picanya; lugar que, me parece, todavía no es Francia o Cataluña. Y el que diseñó la cubierta, Carlos Pérez Bermúdez, suena demasiado a ceitibérico como para haber nacido en Sant Cugat o Poitiers.
La dedicatoria hace referencia a José Trenchs Odena y a Angel Canellas López; es decir, un Pepe y un López. EI dilema lo va aclarando la “Presentació”, escrita en perfecto catalán (no piensen que en valenciano o español). Según Cárcel: “la Conselleria de Cultura de la Generalidad Valenciana y la Universidad de Valencia, desde el primer momento acogieron con interés la obra y quisieron patrocinar la edición” (p. 11 ).
¿Por qué tenía tanto interés – unas entidades mantenidas con impuestos de los valencianos en editar libros cuya finalidad es pregonar que el idioma valencia no existe? Allí mencionan al “catalán, allemand, anglais, italian, danois, grec, tchéque, espagnol, hongroise, néerlandaise, portugaise, roumain, suédois, russe, etc.”; es decir, todos menos el que Lerma, Pedraza y Romero dicen amparar. Respecto al libro francés-catalán, responde la estrategia adoptada en ciertos congresos celebrados en Cataluña, donde el español era considerado idioma secundario, como el islandés o el rumano. Y todo concuerda con algo más siniestro: la estrategia programada para criminalizar al idioma español según dictan los cerebros dei integrismo catalán; impulsores de la actual “immersió” en el Reino de Valencia.
Los profesores que perpetran la inmersión en EGB y BUP siguen normas gramaticales de “Escola Catalana”; revista que mensualmente manda el Omniun Cultural desde Barcelona. Pero su contenido no sólo es lingüístico; estratégicamente camufladas en diferentes números aparecen las consignas políticas para la criminalización del castellano y la confrontación civil que citaba Pujol no hace mucho. En “Escola Catalana” -y la tengo delante de mis ojos-, se recomienda a los maestros que: “por razones estratégicas de nuestra Nación, todo el decenio de los años noventa hemos de reducir brutalmente nuestra utilización del caste!lano”. La unidad de la lengua, el paso previo para lograr “un nacionalismo catalán, liberador, que ponga fin a la dominación española de los Paísos Catalanes” (E.C. n. 278, p.24)
Las consignas de EC –subvencionada por el gobierno de Pujol, el socio de Felipe , son dogma de fe para los maestros catalaneros de EGB y BUP en Alicante, CasteIllón y Valencia. EI odio al español (el valenciano, para estos renegados, no existe) lo apreciará usted si se entrevista con alguno de ellos. Aunque le hable en español o valenciano, él le contestará con la jerga barcelonina de “altre, aleshores, amb, a mes a mes, tasca, avui…”. Son comisarios políticos del integrismo catalán.
Viven para Cataluña (aunque cobran de nuestros impuestos) y siguen al pie de la letra el “Decáleg” del cerebro de la inmersión Til Stegman, alemán de Frankurt que -desde “Escola Catalana”- , recomienda a los maestros que anoten cuántas veces usan la lengua criminal: “a veure: avui m’apuntaré cada vegada que he parlat castellá” ( E.C., p. 25) . Y Lerma, volcado en la implantación del catalán, acata lo que sugiera Pujol, el expansionista socio de FG. Según la revista “Papers” de la ConseIleria de Cultura de la Generalidad Valenciana: “el nou impuls lo avala la infomarció que arriba de Catalunya sobre l’éxit dels programes dimmersió” (p. 8).
Desde la frontera con Francia hasta “Alacant, avui en dia conpten amb centres d’inmersió en catalá” ( EC, p. 14). EI camino para la confrontación civil en España según Stegman está forjándose por lobos con piel de cordero lingüístico.
Aparte del Stegrnan, tenemos en Valencia a Albert Hauf (mallorquín hijo de alemán de Baden-Wüterberg), empeñado en salvar de la barbarie a los valencianos Todo lo encuentra mal en Valencia (menos el sueldo que cobra por enseñar catalán en la Universidad), desde la “butricia” (“Sao”; nov.94, p.49) a la derecha Valenciana, “que no aconsegueix ser civilitzada”; pertenecer a ella es sinónimo de bárbaro (no como los tory ingleses). LAS PROVINClAS es un diario no recomendable. Según Hauf, habría que Ilevar a los valencianos “de 13 y 14 años a estudiar a Fuster…) a veure els articles de <<Levante>>” (p. 31 ) Estas opiniones las publica la revista clerical del régimen lermista “Sao” (que subsiste por la publicidad que Lerma, Pedraza y Romero insertan en sus páginas).
En el universo de Hauf (su país, dice, es Cataluña, Ias islas y el PV) los buenos hablan catalán, y los delincuentes y asesinos utilizan el español. En la entrevista de 12 páginas sólo emplea el español para situarlo en boca de un indeseable que dice: “Yo me meo donde me da la gana” (p. 48); un intolerante; “habla cristiano”; de unos presuntos asesinos que escriben: “muerte a los biólogos” (p. 49). Es la táctica que usaban los integristas medievales para deshumanizar al pueblo judío, ya que – según recuerda Umberto Eco en “La lengua perfecta”- propagaban que el hebreo era el idioma de los seres satánicos del averno.
Hauf presume de limpio, culto, disciplinado (como buen ario) y tolerante con todo; menos con los “imbécils” (p. 48), los bárbaros e incivilizados de la derecha valenciana, el diario LAS PROVINCIAS, “la gent del PP” que está “en la inopia, en la ignorancia de les propostes honrades, honestes i intel-ligents”. En fin, contra todo el que discrepe de su cuadriculado cerebro. Este demócrata se jacta de quedarse en Valencia, aunque tuvo opciones de irse a Barcelona: “He triat de quedarme aquí; o sigui, que ja esta dit”. ¿Para qué? Está claro- “para canviar la realitat segons les nostres idees” (p.49). Los inmersores (corno Daniel Grau, traductor del Boletín en las Cortes) no tienen dudas: “la ley permisiva no sirve”; para normalizar una lengua “hay que desnormalizar la otra”. Carrero Blanco a su lado, era Gandhi.

Las Provincias 13 de Diciembre de 1994

http://www.garciamoya.cjb.net

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El origen del español,
en otras palabras

Por Sergio Zamora

Como dice Menéndez Pidal “la base del idioma es el latín vulgar, propagado en España desde fines del siglo III a.C., que se impuso a las lenguas ibéricas” y al vasco, caso de no ser una de ellas. De este substrato ibérico procede una serie de elementos léxicos autónomos conservados hasta nuestros días y que en algunos casos el latín asimiló, como: cervesia > cerveza, braca > braga, camisia > camisa, lancea > lanza.

Otros autores atribuyen a la entonación ibérica la peculiar manera de entonar y emitir el latín tardío en el norte peninsular, que sería el origen de una serie de cambios en las fronteras silábicas y en la evolución peculiar del sistema consonántico.

Otro elemento conformador del léxico en el español es el griego, puesto que en las costas mediterráneas hubo una importante colonización griega desde el siglo VII a.C.; como, por otro lado, esta lengua también influyó en el latín, voces helénicas han entrado en el español en diferentes momentos históricos. Por ejemplo, los términos huérfano, escuela, cuerda, gobernar, colpar y golpar (verbos antiguos origen del moderno golpear), púrpura (que en castellano antiguo fue pórpola y polba) proceden de épocas muy antiguas, así como los topónimos Denia, Calpe. A partir del Renacimiento siempre que se ha necesitado producir términos nuevos en español se ha empleado el inventario de las raíces griegas para crear palabras, como, por ejemplo, telemática, de reciente creación, o helicóptero. Entre los siglos III y VI entraron los germanismos y su grueso lo hizo a través del latín por su contacto con los pueblos bárbaros muy romanizados entre los siglos III y V.

Forman parte de este cuerpo léxico guerra, heraldo, robar, ganar, guiar, guisa (compárese con la raíz germánica de wais y way), guarecer y burgo, que significaba ‘castillo’ y después pasó a ser sinónimo de ‘ciudad’, tan presente en los topónimos europeos como en las tierras de Castilla, lo que explica Edimburgo, Estrasburgo y Rotemburgo junto a Burgos, Burguillo, Burguete, o burgués y burguesía, términos que entraron en la lengua tardíamente. Hay además numerosos patronímicos y sus apellidos correspondientes de origen germánico: Ramiro, Ramírez, Rosendo, Gonzalo, Bermudo, Elvira, Alfonso. Poseían una declinación especial para los nombres de varón en -a, -anis, o -an, de donde surgen Favila, Froilán, Fernán, e incluso sacristán. Junto a estos elementos lingüísticos también hay que tener en cuenta al vasco, idioma cuyo origen se desconoce, aunque hay varias teorías al respecto.

Algunos de sus hábitos articulatorios y ciertas particularidades gramaticales ejercieron poderosa influencia en la conformación del castellano por dos motivos: el condado de Castilla se fundó en un territorio de influencia vasca, entre Cantabria y el norte de León; junto a eso, las tierras que los castellanos iban ganando a los árabes se repoblaban con vascos, que, lógicamente, llevaron sus hábitos lingüísticos y, además, ocuparon puestos preeminentes en la corte castellana hasta el siglo XIV. Del substrato vasco proceden dos fenómenos fonéticos que serán característicos del castellano.

La introducción del sufijo -rro, presente en los vocablos carro, cerro, cazurro, guijarro, pizarra, llevaba consigo un fonema extravagante y ajeno al latín y a todas las lenguas románicas, que es, sin embargo, uno de los rasgos definidores del sistema fonético español; se trata del fonema ápico-alveolar vibrante múltiple de la (r). La otra herencia del vasco consiste en que ante la imposibilidad de pronunciar una f en posición inicial, las palabras latinas que empezaban por ese fonema lo sustituyeron en épocas tempranas por una aspiración, representada por una h en la escritura, que con el tiempo se perdió: así del latín farina > harina en castellano, pero farina en catalán, italiano y provenzal, fariña en gallego, farinha en portugués, farine en francés y faina en rumano; en vasco es irin. La lengua árabe fue decisiva en la configuración de las lenguas de España, y el español es una de ellas, pues en la península se asienta durante ocho siglos la dominación de este pueblo. Durante tan larga estancia hubo muchos momentos de convivencia y entendimiento. Los cristianos comprendieron muy pronto que los conquistadores no sólo eran superiores desde el punto de vista militar, sino también en cultura y refinamiento. De su organización social y política se aceptaron la función y la denominación de atalayas, alcaldes, robdas o rondas, alguaciles, almonedas, almacenes.

Aprendieron a contar y medir con ceros, quilates, quintales, fanegas y arrobas; aprendieron de sus alfayates (hoy sastres), alfareros, albañiles que construían zaguanes, alcantarillas o azoteas y cultivaron albaricoques, acelgas o algarrobas que cuidaban y regaban por medio de acequias, aljibes, albuferas, norias y azadones. Influyeron en la pronunciación de la s- inicial latina en j- como en jabón del latín ‘saponem’. Añadieron el sufijo -í en la formación de los adjetivos y nombres como jabalí, marroquí, magrebí, alfonsí o carmesí. Se arabizaron numerosos topónimos como por ejemplo Zaragoza de “Caesara(u)gusta”, o Baza de “Basti”. No podría entenderse correctamente la evolución de la lengua y la cultura de la península sin conceder al árabe y su influencia el lugar que le corresponde. Si consideras que esta información es insuficiente o estás interesado en conocer más de la historia del idioma español, por favor envíame un correo y con gusto ampliaré el tema.

¿Castellano o Español?

Esta lengua también se llama castellano, por ser el nombre de la comunidad lingüística que habló esta modalidad románica en tiempos medievales: Castilla. Existe alguna polémica en torno a la denominación del idioma; el término español es relativamente reciente y no es admitido por los muchos hablantes bilingües del Estado Español, pues entienden que español incluye los términos valenciano, gallego, catalán y vasco, idiomas a su vez de consideración oficial dentro del territorio de sus comunidades autónomas respectivas; son esos hablantes bilingües quienes proponen volver a la denominación más antigua que tuvo la lengua, castellano entendido como ‘lengua de Castilla’.

En los países hispanoamericanos se ha conservado esta denominación y no plantean dificultad especial a la hora de entender como sinónimos los términos castellano y español. En los primeros documentos tras la fundación de la Real Academia Española, sus miembros emplearon por acuerdo la denominación de lengua española. Quien mejor ha estudiado esta espinosa cuestión ha sido Amado Alonso en un libro titulado Castellano, español, idioma nacional. Historia espiritual de tres nombres (1943). Volver a llamar a este idioma castellano representa una vuelta a los orígenes y quién sabe si no sería dar satisfacción a los autores iberoamericanos que tanto esfuerzo y estudio le dedicaron, como Andrés Bello, J. Cuervo o la argentina Mabel Manacorda de Rossetti. Renunciar al término español plantearía la dificultad de reconocer el carácter oficial de una lengua que tan abierta ha sido para acoger en su seno influencias y tolerancias que han contribuido a su condición. Por otro lado, tanto derecho tienen los españoles a nombrar castellano a su lengua como los argentinos, venezolanos, mexicanos, o panameños de calificarla como argentina, venezolana, mexicana o panameña, por citar algunos ejemplos. Lo cual podría significar el primer paso para la fragmentación de un idioma, que por número de hablantes ocupa el tercer lugar entre las lenguas del mundo. En España se hablan además el catalán y el gallego, idiomas de tronco románico, y el vasco, de origen controvertido. Sergio Zamora B. Guadalajara, Jalisco, México 1999

El español ayer y hoy

En la formación del español cabe distinguir tres grandes períodos: el medieval, también denominado del castellano antiguo, fechado entre los siglos X al XV; el español moderno, que evolucionó desde el sigloXVI a finales del XVII, y el contemporáneo, desde la fundación de la Real Academia Española hasta nuestros días.

El castellano medieval

El nombre de la lengua procede de la tierra de castillos que la configuró, Castilla, y antes del siglo X no puede hablarse de ella. Por entonces existían cuatro grandes dominios lingüísticos en la Península que pueden fijarse por el comportamiento de la vocal breve y tónica latina o en sílaba interior de palabra como la o de portam que diptongó en ué en el castellano, puerta, y vaciló entre ue, uo y ua en el leonés y aragonés (puorta) y mozárabe (puarta). En términos generales, se mantuvo la o del latín (porta) en la lengua del extremo occidental, el galaico-portugués -del que surgiría el gallego y el portugués-, y en el catalán del extremo oriental, que ejercería su influencia posterior por las tierras mediterráneas, fruto de la expansión política.

El castellano fue tan innovador en la evolución del latín como lo fueron los habitantes de Castilla en lo político. A esta época pertenecen las Glosas Silenses y las Emilianenses, del siglo X, que son anotaciones en romance a los textos en latín: contienen palabras y construcciones que no se entendían ya.

Las primeras se escribieron en el monasterio benedictino de Silos, donde para aclarar el texto de un penitencial puede leerse “quod: por ke”, “ignorante: non sapiendo”; las Glosas Emilianenses se escriben en el monasterio de San Millán de la Cogolla o de Suso.

En el sur, bajo dominio árabe, hablaban mozárabe las comunidades hispanas que vivían en este territorio y conservaron su lengua heredada de épocas anteriores. La mantuvieron sin grandes alteraciones, bien por afirmación cultural que marcara la diferencia con las comunidades judía y árabe, bien por falta de contacto con las evoluciones que se estaban desarrollando en los territorios cristianos. En esta lengua se escriben algunos de los primeros poemas líricos romances: las jarchas, composiciones escritas en alfabeto árabe o hebreo, pero que transcritas corresponden a una lengua arábigo-andaluza.

De los cambios fonéticos que produjeron en esta época en el castellano, el más original consistió en convertir la f- inicial del latín en una aspiración en la lengua hablada, aunque conservada en la escritura. El primer paso para convertir el castellano en la lengua oficial del reino de Castilla y León lo dio en el sigloXIII AlfonsoX, que mandó componer en romance, y no en latín, las grandes obras históricas, astronómicas y legales.

El castellano medieval desarrolló una serie de fonemas que hoy han desaparecido. Distinguía entre una -s- sonora intervocálica, que en la escritura se representaba por s, como en casa, y una s sorda, que podía estar en posición inicial de palabra como silla, o en posición interna en el grupo -ns-, como en pensar o en posición intervocálica que se escribía -ss- como en viniesse.

Las letras ç y z equivalían a los sonidos africados (equivalente a ts, si era sordo, y a ds, si era sonoro), como en plaça y facer. La letra x respondía a un sonido palatal fricativo sordo, como la actual ch del francés o la s final del portugués y también existía correspondiente sonoro, que se escribía mediante j o g ante e, i: así dixo, coger, o hijo. Distinguía entre una bilabial oclusiva sonora -b-, que procedía de la -p- intervocálica del latín o b de la inicial sonora del latín (y que es la que hoy se conserva), y la fricativa sonora, que procedía de la v del latín, cuyo sonido se mantiene hoy en Levante y algunos países americanos.

Desde el punto de vista gramatical ya habían desaparecido las declinaciones del latín y eran las preposiciones las que señalaban la función de las palabras en la oración. El verbo haber todavía tenía el significado posesivo tener, como en había dos fijos y se empleaba para tener y para formar las perífrasis verbales de obligación que originarían a partir del siglo XIV los tiempos compuestos; por eso, entre la forma del verbo haber y el infinitivo siguiente era posible interponer otro material léxico, hoy impensable, como en “Enrique vuestro hermano había vos de matar por las sus manos”.

Los adjetivos posesivos iban precedidos de artículo, como aún hoy ocurre en portugués; así, se decía los sus ojos alza. El español del siglo XII ya era la lengua de los documentos notariales y de la Biblia que mandó traducir Alfonso X; uno de los manuscritos del siglo XIII se conserva en la biblioteca de El Escorial. Gracias al Camino de Santiago entraron en la lengua los primeros galicismos, escasos en número, y que se propagaron por la acción de los trovadores, de la poesía cortesana y la provenzal.

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Historia del español de América

E

Por Sergio Zamora

Cuando Colón llegó a América en 1492, el idioma español ya se encontraba consolidado en la Península, puesto que durante los siglosXIV y XV se produjeron hechos históricos e idiomáticos que contribuyeron a que el dialecto castellano fraguara de manera más sólida y rápida que los otros dialectos románicos que se hablaban en España, como el aragonés o el leonés, además de la normalización ortográfica y de la aparición de la Gramática de Nebrija; pero en este nuevo mundo se inició otro proceso, el del afianzamiento de esta lengua, llamado hispanización.

La América prehispánica se presentaba como un conglomerado de pueblos y lenguas diferentes que se articuló políticamente como parte del imperio español y bajo el alero de una lengua común.

La diversidad idiomática americana era tal, que algunos autores estiman que este continente es el más fragmentado lingüísticamente, con alrededor de 123 familias de lenguas, muchas de las cuales poseen, a su vez, decenas o incluso cientos de lenguas y dialectos. Sin embargo, algunas de las lenguas indígenas importantes -por su número de hablantes o por su aporte al español- son el náhuatl, el taíno, el maya, el quechua, el aimara, el guaraní y el mapuche, por citar algunas.

El español llegó al continente americano a través de los sucesivos viajes de Colón y, luego, con las oleadas de colonizadores que buscaban en América nuevas oportunidades. En su intento por comunicarse con los indígenas, recurrieron al uso de gestos y luego a intérpretes europeos o a indígenas cautivos para tal efecto, que permitiesen la intercomprensión de culturas tan disímiles entre sí.

Además, en varios casos, los conquistadores y misioneros fomentaron el uso de las llamadas lenguas generales, es decir, lenguas que, por su alto número de hablantes y por su aceptación como forma común de comunicación, eran utilizadas por diferentes pueblos, por ejemplo, para el comercio, como sucedió con el náhuatl en México o el quechua en Perú.

La influencia de la Iglesia fue muy importante en este proceso, puesto que realizó, especialmente a través de los franciscanos y jesuitas, una intensa labor de evangelización y educación de niños y jóvenes de distintos pueblos mediante la construcción de escuelas y de iglesias en todo el continente.

Sin embargo, aquellos primeros esfuerzos resultaron insuficientes, y la hispanización de América comenzó a desarrollarse sólo a través de la convivencia entre españoles e indios, la catequesis y -sobre todo- el mestizaje.

Pero no sólo la población indígena era heterogénea, sino que también lo era la hispana que llegó a colonizar el territorio americano, pues provenía de las distintas regiones de España, aunque especialmente de Andalucía.

Esta mayor proporción de andaluces, que se asentó sobre todo en la zona caribeña y antillana en los primeros años de la conquista, habría otorgado características especiales al español americano: el llamado andalucismo de América, que se manifiesta, especialmente en el aspecto fonético. Este periodo, que los autores sitúan entre 1492 y 1519, ha sido llamado -justamente- periodo antillano, y es en él donde se habrían enraizado las características que luego serían atribuidas a todo español americano.

En el plano fónico, por ejemplo, pérdida de la d entre vocales (aburrío por aburrido) y final de palabra (usté por usted, y virtú por virtud), confusión entre l y r (mardito por maldito) o aspiración de la s final de sílaba (pahtoh por pastos) o la pronunciación de x, y, g, j, antiguas como h, especialmente en las Antillas, América Central, Colombia, Venezuela, Panamá o Nuevo México, hasta Ecuador y la costa norte de Perú.

Por otra parte, los grupos de inmigrantes de toda España se reunían en Sevilla para su travesía y, de camino hacia el nuevo continente, aún quedaba el paso por las islas Canarias, lo que hace suponer que las personas comenzaron a utilizar ciertos rasgos lingüísticos que, hasta hoy, son compartidos por estas regiones, lo cual se ha dado en llamar español atlántico, cuya capital lingüística sería Sevilla -opuesto al español castizo o castellano- con capital lingüística en Madrid, y que englobaría el andaluz occidental, el canario y el español americano, aunque otros investigadores sostienen que sólo abarcaría, en América, las zonas costeras.

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La evolución en los últimos cinco siglos

Por Sergio Zamora

La publicación de la primera gramática castellana de Elio Antonio de Nebrija en 1492, fecha del descubrimiento de América y de la toma de Granada por los Reyes Católicos, establece la fecha inicial de la segunda gran etapa de conformación y consolidación del idioma. A esta época pertenecen el cambio de las consonantes que altera y consolida definitivamente el sistema fonológico del español.

Desaparece la aspiración de la h, cosa que testimonia la versificación. Se funden en un único fonema la s sonora y sorda, prevaleciendo el valor sordo. Las consonantes ç y z pasan a ser el fonema fricativo (con pronunciación equivalente a ts) que se escribirá ç durante el siglo XVI y pasará a tener el valor de la z (con su pronunciación actual) en el siglo siguiente, con lo que de esta manera se resolvió la vacilación ortográfica c, ç, z. Las variaciones fonéticas que representaban x, g, j, se solucionaron también en favor del sonido velar fricativo sordo que en el XVII pasa a tener la pronunciación y grafía actuales de g y de j.

Desapareció asimismo la distinción -b-, -v- que se neutralizó en -b- durante el siglo XVI. En la morfología aparecieron los tiempos compuestos de los verbos, y se convierte en auxiliar el verbo haber. En la sintaxis el orden de los elementos de la oración se hace más rígido, y se anteponen los pronombres átonos a infinitivos y gerundios.

Desde el punto de vista del léxico adquirió una gran cantidad de neologismos, pues a estos momentos correspondió la expansión de Castilla y, por lo tanto, el contacto con otras culturas. Consiguió consolidarse como lengua dominante frente a otros dialectos peninsulares al llevarse a cabo la unidad política de Castilla y Aragón y ser el castellano la lengua de los documentos legales, de la política exterior y la que llegó a América de la mano de la gran empresa realizada por la Corona de Castilla, ya fijada en la gramática normativa de Nebrija. A partir de los primeros momentos del siglo XVI se prefirió la denominación de española para la lengua del nuevo imperio, y la preocupación de los intelectuales del momento se refleja en la enorme tarea de sistematizarla, analizarla y divulgarla.

Lo demuestran la publicación del gran Diccionario de Alcalá, obra de la Universidad Complutense creada por Cisneros; la aparición de la Minerva de Francisco de las Brozas, conocido por El Brocense, que es una gramática normativa y descriptiva más moderna que la realizada por el grupo francés de Port Royal, y, a principios del siglo XVII, la publicación del Tesoro de la lengua castellana o española (1611) de Sebastián de Covarrubias, primer diccionario de la lengua, que contiene cuanta información histórica y sincrónica había disponible en el momento de su publicación.

En Francia, Italia e Inglaterra se editaban gramáticas y diccionarios para aprender español, que fue la lengua diplomática hasta la primera mitad del sigloXVIII. En esta etapa de la lengua se llegó al esplendor literario que representan los autores del siglo de oro. El léxico incorpora palabras originarias de tantas lenguas como contactos políticos tenía el imperio. Del italiano entran en el español desde el sigloXV al XVII los nombres de la métrica y preceptiva literaria como soneto, asonante, silva y lira, palabras relacionadas con las bellas artes como fachada, escorzo, medalla, piano.

De otros campos léxicos son italianismos de la época centinela, alerta, escopeta, aspaviento, charlar, estropear y muchas más. Son galicismos paje, jardín, jaula, sargento, forja o reproche. Los americanismos, que comienzan a entrar en el sigloXVI, ofrecen una lista referida a las realidades que en Europa no se conocían y que son españolismos tomados por las lenguas europeas como patata, cóndor, alpaca, vicuña, pampa, puma, papa (denominación afincada en Canarias para patata), que proceden del quechua y el guaraní. Los términos más antiguos, como canoa, ya citado en el diccionario de Nebrija, proceden de los arawak. A este conjunto pertenecen huracán, sabana, maíz, cacique, colibrí, caribe, enagua y caníbal. De la familia de lenguas náhuatl habladas por los nahuas, se incorporan hule, chocolate, tomate, cacao, aguacate y petate.

El español contemporáneo

En el año 1713 se fundó la Real Academia Española. Su primera tarea fue la de fijar el idioma y sancionar los cambios que de su idioma habían hecho los hablantes a lo largo de los siglos, siguiendo unos criterios de autoridad. En esta época se había terminado el cambio fonético y morfológico y el sistema verbal de tiempos simples y compuestos era el mismo que ha estado vigente hasta la primera mitad del siglo XX.

Los pronombres átonos ya no se combinaban con las formas de participio y, gracias a la variación morfológica, los elementos de la oración se pueden ordenar de formas muy diversas con una gran variedad de los estilos literarios, desde la mayor violación sintáctica que representan el barroco del siglo XVII, los poetas de la generación del 27 y el lenguaje publicitario, hasta la imitación de los cánones clásicos, también violentadores del orden del español, que incorporaron los neoclásicos o los primeros renacentistas.

Coincidiendo con otro momento de esplendor literario, el primer tercio del siglo XX, aparecieron las nuevas modificaciones gramaticales que aún hoy están en proceso de asentamiento. De ellas cabe citar: la reducción del paradigma verbal en sus formas compuestas de indicativo y subjuntivo, la sustitución de los futuros por perífrasis verbales del tipo tengo que ir por iré, la práctica desaparición del subjuntivo, la reduplicación de los pronombres átonos en muchas estructuras oracionales y con verbos de significación pasiva, que están desarrollando una conjugación en voz media como en le debo dinero a María; la posposición casi sistemática de los calificativos, la reducción de los relativos, prácticamente limitados a que y quien en la lengua hablada.

Junto a ello, la irrupción continua de neologismos, que nombran innovaciones técnicas y avances científicos, tiene dos momentos: los anteriores a la mitad del presente siglo, que contienen raíces clásicas como termómetro, televisión, átomo, neurovegetativo, psicoanálisis o morfema, y los neologismos apenas castellanizados, siglas y calcos del inglés y fruto de la difusión que de ellos hacen las revistas especializadas, la publicidad o la prensa, como filmar, radar, módem, casete, anticongelante, compacto, PC, o spot.

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¿Castellano o español?

< Por Sergio Zamora

span class=”capitular”>E sta lengua también se llama castellano, por ser el nombre de la comunidad lingüística que habló esta modalidad románica en tiempos medievales: Castilla. Existe alguna polémica en torno a la denominación del idioma; el término español es relativamente reciente y no es admitido por los muchos hablantes bilingües del Estado Español, pues entienden que español incluye los términos valenciano, gallego, catalán y vasco, idiomas a su vez de consideración oficial dentro del territorio de sus comunidades autónomas respectivas; son esos hablantes bilingües quienes proponen volver a la denominación más antigua que tuvo la lengua, castellano entendido como ‘lengua de Castilla’.

En los países hispanoamericanos se ha conservado esta denominación y no plantean dificultad especial a la hora de entender como sinónimos los términos castellano y español. En los primeros documentos tras la fundación de la Real Academia Española, sus miembros emplearon por acuerdo la denominación de lengua española. Quien mejor ha estudiado esta espinosa cuestión ha sido Amado Alonso en un libro titulado Castellano, español, idioma nacional. Historia espiritual de tres nombres (1943).

Volver a llamar a este idioma castellano representa una vuelta a los orígenes y quién sabe si no sería dar satisfacción a los autores iberoamericanos que tanto esfuerzo y estudio le dedicaron, como Andrés Bello, J. Cuervo o la argentina Mabel Manacorda de Rossetti. Renunciar al término español plantearía la dificultad de reconocer el carácter oficial de una lengua que tan abierta ha sido para acoger en su seno influencias y tolerancias que han contribuido a su condición.

Por otro lado, tanto derecho tienen los españoles a nombrar castellano a su lengua como los argentinos, venezolanos, mexicanos, o panameños de calificarla como argentina, venezolana, mexicana o panameña, por citar algunos ejemplos. Lo cual podría significar el primer paso para la fragmentación de un idioma, que por número de hablantes ocupa el tercer lugar entre las lenguas del mundo. En España se hablan además el catalán y el gallego, idiomas de tronco románico, y el vasco, de origen controvertido.

Sergio Zamora B. Guadalajara, Jalisco, México 1999

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Español: más de un milenio

Por Jorge Echeverri

D De los lejanos días de la escuela me quedó el atavismo de la celebración del día del idioma español el 23 de abril. En ese día siempre hacíamos algo por inculcar el amor a este código lingüistico, medio de comunicación hoy para más de 400 millones de habitantes del incierto planeta tierra. Ya salidos de la escuela y metidos en Internet, encuentro lugares y campañas para que el español se consolide como uno de los idiomas principales de la red.

Pues bien, para seguir con la costumbre, en los alrededores de este 23 de abril de 1998, mi inquietud es: ¿Dónde y cuándo encontramos los primeros vestigios del español? Nos tenemos que referir a los testimonios escritos, sin poder determinar cuántos años o generaciones se necesitaron para que de la oralidad se trasladara al papel la primera oración que se pueda catalogar como propiamente española. Y sin posibilidad de conocer los ritmos de producción de la cultura de hace mil años, sí podemos afirmar que éste era lento, por lo que entre la escritura y la expresión popular pudieron transcurrir generaciones. Además, sólo retrospectivamente lo podemos percibir, porque no me imagino a ningún villano diciendo: hoy pronuncié mi primera frase en español. Pero me fui por las ramas.

Al primer interrogante la respuesta tiene consenso: San Millán de la Cogolla, norte de España, región de La Rioja. Monasterio Benedictino. El cuándo es más problemático, si se quiere fechar. Pequeño pueblo apacible, monasterio alejado del trasegar turístico, pero mina invaluable para los arqueólogos del idioma. En 1923 se estudiaron los primeros códices, con los cuales se afirma que el idioma tuvo su primera expresión escrita conocida a finales del siglo X o principios del XI.

Dice Martín Alonso (Evolución sintáctica del Español. Madrid: Aguilar, 1962): “Tanto en las anotaciones emilianenses (Glosas monacales de San Millán de la Cogolla conocidas como Glosas emilianenses ) como en las silenses (Glosas de Silos en Burgos) la huella del español se reduce a palabras sueltas o breves frases. Sólo una vez, en una de las glosas de San Millán hay un párrafo del que podemos decir que tiene ya morfología española y estructura sintáctica.”

En un sermón de San Agustín (folio 70 r) un monje intercala al texto latino palabras arcáicas españolas tales como … De repente aprienta la devoción dentro del pecho y, entusiasmado con la última frase latina, la amplifica hasta doce lineas cortas añadiendo a la traducción lo que le sale del alma. El primer vagido de nuestra lengua española que habla en frase seguida es una plegaria temblorosa y humilde”.

Ramón Menéndez Pidal nos transcribe esas lineas (Orígenes del Español. Madrid: Espasa-Calpe, 1956): “Karissimi quotiens cumque ad eclesiam uel ad
sollemnitatem martirum conuenti fueritis…. adjubante
domino nostro Jhesu Christo cui est honor et jmperium
cum Patre et Spiritu Santo jn secula seculorum : Cono
aujtorio de nuestro dueno. dueno Xristo. dueno salbatore
qual dueno get. ena honore. e qual dueno tienet .ela
mandatjone. cono patre cono spiritu sancto enos sieculos.
de lo siecu los. facanos deus omnipotes tal serbitjio fere.
ke denante ela sua face gaudioso segamus. Amen”

La emoción de estar ante el primer escrito en Español se ha trastornado gracias a investigaciones posteriores en los códices,pero esa parte de la historia la dejamos para más adelante…

Éste y otros trabajos de Jorge Echeverry pueden hallarse en Mundo Latino

La fundación de la Real Academia

Por Juan Ramón Lodares

DDon Juan Manuel Fernández Pacheco era un aristócrata español con gustos raros entre los de su especie en aquellos años. Leer y escribir, por ejemplo. Tenía además interés por las artes y las ciencias. Para no aburrirse durante los meses de verano comenzó a reunir en su casa a amigos suyos. Sin mayor protocolo, desde el mes de agosto de 1713, don Juan Manuel y sus contertulios empezaron a discutir sobre letras, ciencias y artes.

Todos admiraban lo que la Royal Society de Londres y la parisina Académie Royale des Sciences llevaban haciendo desde hacía 40 ó 50 años. Se les ocurrió que otro tanto podría hacerse en Madrid. Sin embargo, para formar cualquier academia dedicada a las artes y las ciencias había que empezar por darle lustre a un medio sin el cual poco se iba a poder escribir de ningún tema: la lengua. Era prioritario fijar la ortografía -que estaba muy descompuesta-, organizar la gramática y compilar un gran diccionario donde cada palabra viniera respaldada por ejemplos de autores notables. Con esto, las discusiones derivaron hacia los asuntos del idioma. Así que la tertulia, que iba en principio para “academia total”, se quedó en academia de la lengua. Cuando el señor Fernández Pacheco (todavía no he dicho que era marqués) le presentó la idea a Felipe V para que la apadrinara, el rey le dijo que lo hacía con mucho gusto, es más, le dijo que su real persona venida de la culta Francia ya se le había ocurrido -antes de que un marqués español se lo pidiera- que algo así tenía que fundarse en sus reinos. Era puro protocolo, claro está. La verdad es que el rey, esos días de octubre de 1714, cuando estampaba su firma fundacional en las actas académicas, como casi todos los días de su vida, sólo hablaba francés. Desde ese año nos referimos a la Real Academia Española, Academia Española, la Academia (por ser la de más veteranía) o la Española a secas. No añadan de la lengua, que no les suele gustar a sus integrantes.

Si el rey venido de Francia estaba de acuerdo con apadrinar aquello, los notables castellanos no lo estaban. El Consejo de Castilla ponía todas las trabas posibles a la fundación de una academia donde casi ningún miembro era castizo castellano. Los consejeros eran más papistas que el Papa. Sólo veían ofensas: para empezar, el marqués y padre de la idea académica era navarro; el censor de la corporación, Folch Cardona, era catalán; en cuanto a los otros… ya se encargaba de darles publicidad el fustigador Luis Salazar y Castro: “Venirse un italiano a hacer en Madrid el papel de corrector de la lengua castellana es un empeño temerario. Atreverse un gallego o maragato, con un acento más áspero y más duro que su tierra, a enmendar las expresiones cortesanas, es cosa que merece carcajada. Y pensar que un andaluz o extremeño han de ser compadres de los castellanos y los han de pulir el lenguaje es una de las aprensiones más ridículas”. Como puede suponerse, don Luis Salazar nunca fue académico, aunque por su erudición no hubiera desentonado en la Docta Casa.

En 1771, con la publicación de la Gramática, la Academia había concluido la tarea que se había fijado hacía poco más de medio siglo: tres grandes obras normativas que dieran prestigio al español y lo modernizaran. A la Gramática precedió en 1741 la Ortografía y a ésta, entre 1726 y 1739, el Diccionario de Autoridades. Algunos criterios fijados en aquellos años siguen vigentes hoy, como las reglas de la b y la v, la escritura de c y z, (decidieron eliminar la ç de un plumazo) y si ahora decimos y escribimos doctor, efecto y significar en vez dotor, efeto y sinificar -como decían y escribían Lope, Quevedo o Calderón- es también por la ocurrencia académica de 1726.

En 90 años de reformas, los que van de 1726 a 1815, los académicos despojaron la escritura de colgajos etimológicos, la hicieron más sencilla y práctica; además, dejaron trazada la senda para nuevas simplificaciones cuya dificultad técnica es muy poca. Su mayor obstáculo está en que los académicos se decidan a ejecutarlas y se pongan de acuerdo en cómo y cuándo… y todos estaremos dispuestos a aceptar sus criterios. Los hablantes de francés, inglés o alemán se complican inútilmente la vida escribiendo cosas como Philosophie, theatre, assassin o approbation, que el hispanohablante escribe filosofía, teatro, asesino y aprobación, ahorrándose la ph, la th, la ss, y la pp; es más, lleva ahorrándoselas 150 años por lo menos.

La oportunidad de estas reformas quizá no ha sido advertida en toda su trascendencia. A partir de 1823, algunos americanos, al calor de la independencia política que se alumbraba, empiezan a escribir y difundir por sus países ortografías propias más simplificadas aún, que apartaban el uso criollo del peninsular. Vencido aquel primer impulso y reconocido el inigualable valor de una escritura conjunta, a la hora de rectificar y acatar la norma común hispánica, el hecho de que la ortografía académica fuera ya de por sí sencilla allanó el camino de vuelta para quienes habían predicado el cisma ortográfico. Retornaron sin mayores escollos y el español no se partió en varias normas ortográficas, que es la primera piedra para diferenciar la norma lingüística toda. Considerado el caso, el fácil advertir por cuántos azares y por cuántos filos de navaja hacen pasar los hablantes a sus lenguas.

Cuando Carlos III inicia sus planes escolares en el decenio de 1770, el español ya ha resuelto los problemas más espinosos de su moderno proceso normalizador. Tiene un inventario léxico que es la envidia de Europa; inmediatamente va a aparecer otro no menos notable de Estaban Terreros y Pando con voces científicas y sus correspondencias latinas, italianas y francesas; tiene una ortografía sencilla y tiene una gramática moderna. Todos los saberes que recorren Europa en inglés, francés, alemán, italiano, latín, se pueden verter al español sin más dificultad que encontrar un traductor fiable. Como éstos no escasean, las enciclopedias, tratados y estudios de cualquier materia se imprimen con generosidad. Si los españoles no son campeones de las ciencias, por lo menos no están desinformados. Tienen incluso gente meritoria como Juan Bautista Aréjula que, él solo, es capaz de decirle a Lavoisier, Fourcroy o Berthollet que, en determinados aspectos de la moderna terminología físico-química, no están muy acertados. Pero la hegemonía francesa en dicho campo era indiscutida. Para que se hagan una idea: si hoy escribe todo el mundo los derivados de kilo-, mil, con k, es por el “error” de sabios franceses que no transcribieron correctamente con qu, la palabra griega de la que procede la voz “mil”. Se puede escribir etimológicamente así: quilómetro, pero ¿alguien lo hace? Mejor, no lo intente.

Los franceses, que en el siglo XVIII copan con los británicos el mundillo de las ciencias positivas y se pelean por sus aplicaciones comerciales, no le hacen mucho caso al español. Pero Aréjula tenía razón. Era más correcto llamar arxicayo –como él quería- a lo que gracias a los errores de los sabios franceses todos llamamos hoy oxígeno. Ya daba igual. Un campo de gran importancia para dar cuerpo y peso a cualquier lengua, como es el de la creación científica y técnica, se escapaba irremisiblemente de aquel remozamiento general que la Academia había llevado a cabo con el español. En ese preciso terreno, la ascensión del francés, el alemán y, sobre todo, el inglés resultaba imparable. La mitad de lo que la revolución industrial iba a traer en novedades científicas y técnicas entre 1750 y 1900 lo trajo en esa última lengua. A finales de este periodo, en Estados Unidos se producían más manufacturas de objetos modernos, patentes y novedades científicas que en Francia, Alemania y Gran Bretaña juntas y era el país que, sólo él, acaparaba la cuarta parte de toda la riqueza mundial. Las circunstancias políticas, económicas y comerciales que se han ido gestando desde mediados del siglo XX no han hecho sino darle el espaldarazo al inglés para convertirlo, como quien dice, en la lengua planetaria. Quizá ni un tipo tan inteligente como Aréjula podía sospechar en su día tanta bonanza.

Juan Ramón Lodares es profesor de Lengua Española en la Universidad Autónoma de Madrid. Nos ha autorizado a publicar este texto, de su excelente libro Gente de Cervantes – Historia humana del idioma español, publicado en Barcelona por la editorial Taurus, del Grupo Santillana (ISBN84-306-0423-5).

Mi Buenos Aires querido

El particularismo lingüístico rioplatense.
El plebeyismo idiomático en Argentina.
Lunfardos y cocoliches

Por Juan Ramón Lodares

El 24 de febrero de 1946, Juan Domingo Perón obtuvo un rotundo triunfo en las urnas. El 56 por ciento de los electores votó su candidatura presidencial. En los mítines, Perón no trataba a los adversarios políticos de tontos y desgraciados, que hubiera sido lo razonable, sino de pastenacas y chantapufis, o sea, lo mismo dicho en alguna de esas jergas porteñas tan comunes entonces.

Los opositores políticos eran unos contreras y quienes apoyaban al peronismo, los grasas. Fórmulas de indudable éxito que entonces te podían llevar a la Casa Rosada. Los peronistas veían en ellas la expresión popular, desgarrada y arrogante de un líder al estilo de los viejos caudillos criollos. A poco de ganar las elecciones, en la paredes de Buenos Aires aparecían pintadas como “Le ganamo a lo dotore”. Los doctores eran, como puede suponerse, gente poco peronista y poco amiga de la grasa.

En sí misma, la oratoria peronista no era nueva. Seguía una tradición muy antigua y muy arraigada en el Plata, una especie de plebeyismo lingüístico que consistía en ganarse la voluntad de las masas procurando hablar como hablaban ellas. Había algo de artificio en el procedimiento, pero era útil. El peronismo debió su éxito propagandístico a estos particulares usos (en la parte que le corresponde). Igual que en la campaña presidencial de Eisenhower, en 1952, se ganaban las presidenciales con el lema “I like Ike”, en la Argentina de los años cuarenta, un chantapufi o una tratativa (negociación) bien puestos le venían muy bien al político populista.

En esto, no habían cambiado mucho las costumbres argentinas típicas del siglo XIX. Sarmiento describe así el país: “Había, antes de 1810, en la República Argentina dos sociedades distintas, rivales e incompatibles, dos civilizaciones diversas: una, española, europea, culta, y la otra bárbara, americana, casi indígena; y la revolución de las ciudades sólo iba a servir de causa, de móvil, para que estas dos maneras distintas de ser de un pueblo se pusiesen en presencia una de otra, se acometiesen y, después de largos años de luchas, la una absorbiese a la otra”. La primera sociedad solía integrar el partido unitario y la segunda, el federal. El unitario se distinguía por sus modales finos, su comportamiento ceremonioso, sus ademanes pomposamente cultos y su lenguaje altisonante y lleno de expresiones librescas. Para los unitarios, los federales eran unos gauchos o jiferos, o sea, unos bárbaros. Para los federales, los unitarios eran unos cajetillas, o sea, unos afeminados. El político federal Juan Manuel Rosas advirtió que podía atraerse las simpatías de la gente del pueblo, y ejercer su influencia sobre ella, precisamente hablando como un gaucho. Yasí lo hizo. El escritor Lucio V. Mansilla recuerda que aquellos años el lenguaje se pervirtió y circulaban “vocablos nuevos, ásperos, acres, no usados”. Curiosamente, a pesar de su gusto confesado por las clases populares, el desprecio de los federales por los indígenas era absoluto.Los consideraban salvajes. No se tomaron el trabajo de asimilarlos y, por la vía militar, los fueron eliminando o provocaron su huida hacia otras zonas. De modo que el problema lingüístico que el indigenismo hubiera podido crear a la nueva república -buena parte del cual se lo habían planteado los misioneros españoles de antaño- desapareció por tan expeditivo y violento método.

El plebeyismo idiomático reapareció en los años presi denciales de Nicolás Avellaneda, en 1880, cuando se produjo la revolución de Carlos Tejedor. En .la llamada “resistencia” de Buenos Aires, el fervor localista fue tan grande que en los cuarteles, según Ernesto Quesada, testigo de los hechos, “convivió la juventud patricia con el compadraje y la chusma, tropa y oficialidad fraternizábamos y se establecía, como vínculo democrático común, el de un término medio equidistante en indumentaria y lenguaje”. Según el propio Quesada, la circunstancia ayudó a que en el habla diaria se imitara el rasgo popular, haciéndolo deliberadamente caló y descuidado, pues había que demostrar que se era parte del pueblo y se exageraban los rasgos lingüísticos atribuidos a eso, al pueblo. Entonces se cantaban coplas como ésta:

El castellano me esgunfia,
no me cabe otro batir
que cantar la copla en lunfa
porque es mi forma é sentir.
Esgunfiar viene del italiano sgonfiare, “desinflar, desanimar”, y la lunfa es el lunfardo, una jerga que apareció en los barrios bajos bonaerenses y cuyas expresiones son una mezcla complicada de italianismos, galicismos, anglicismos y lusismos, todo revuelto, y que se difundió por conventillos (casas de vecindad) , piringundines (verbenas) y ambientes del hampa. Las letras de los tangos se nutren de ella. En el barrio bonaerense de la Boca, como consecuencia del gran número de inmigrantes que entraron en Argentina desde 1857 -unos quince mil al año hasta 1946- se gestó otra jerga italohispana, el cocoliche. Ha tenido menos fama que el lunfardo, porque para este último, dado el anhelo que sentían algunos argentinos por diferenciarse lingüísticamente, no ha faltado quienes lo definían como “el genuino lenguaje porteño”, consideración evidentemente exagerada.

De aquellos días data el desaire que Juan María Gutiérrez le hizo a la Real Academia. En 1879, los ilusos académicos creían que le hacían un honor nombrándolo miembro correspondiente de la docta casa. Gutiérrez destapó su argentinismo contestándoles que podían esperar sentados, porque no aceptaba tamaño honor. Es más, ¿qué podía ofrecer él, un bonaerense, a una academia española? Para Gutiérrez, el habla de Buenos Aires estaba en constante efervescencia gracias a la aportación de los dialectos italianos, del catalán, del gallego, del galés, del francés y del inglés –se conoce que allí no se hablaba nada llegado, por ejemplo, de La Mancha- y todas esas voces “cosmopolitizaban”, con palabro de Gutiérrez, la tonada bonaerense. Era inútil pretender fijar tales corrientes según moldes académicos; por lo menos él no se sentía con ánimos. Su amigo Juan Bautista Alberdi daba entonces la siguiente recomendación: igual que Dante (observen: otro italiano) en su día llevó la lengua hablada en Florencia a los inmortales versos de la Divina comedia, los escritores porteños debían reflejar en su prosa el castellano modificado que se hablaba en Buenos Aires, en vez de tener la vista puesta en los diccionarios que venían de Madrid. Otros autores, como Rafael Obligado o Alberto del Solar, no pensaban así y defendían el valor de una lengua común, sin casticismos que la interrumpieran.

El caso es que polémicas de este tenor se han prolongado hasta mediados del siglo xx. El día que a don Américo Castro se le ocurrió escribir un libro poniendo el grito en el cielo sobre lo particulares y descuidados que eran los argentinos al hablar, y previendo que de seguir así se iban a apartar de la corriente hispánica general -estábamos en 1941-Jorge Luis Borges le contestó, en un artículo titulado “Las alarmas del doctor Américo Castro”, lo siguiente: “En cada una de sus páginas abunda en supersticiones convencionales […]. A la errónea y mínima erudición, el doctor Castro añade el infatigable ejercicio de la zalamería, de la prosa rimada y del terrorismo”. Pero Castro no estaba entonces tan descaminado: que se sepa, la única voz que en las altas instancias idiomáticas ha defendido alguna vez el “derecho a la incorrección” predicaba, no por casualidad, desde la Academia Argentina en 1943. Las altas instancias porteñas no dejaban de ser sorprendentes: un locutor de radio, cuyo mérito dicen que era la verborrea, llegó a alto cargo del Ministerio de Educación. Una vez allí, seguía hablando como si estuviera delante de los micrófonos con finezas como utensillo (en vez de utensilio), áccido (en vez de ácido), dejenmelón (en vez de déjenmelo), sientensén (en vez de siéntense) y cumpleaño, rompecabeza, ” es usted un héroe, señorita”, etc., etc.; visto lo visto, el académico Luis Alfonso habló sobre la conveniencia de estudiar el idioma para quienes tenían responsabilidades en cargos públicos, a lo que el aludido contestó: “No es urgente hacerlo. Total, el idioma no va a desaparecer por dejar de estudiarlo”.

El desgarro idiomático argentino, junto a la manía de una lengua nacional apartada de la norma común española, cedieron, y con ello, el último frente de unas guerras idiomáticas que se habían iniciado en los albores de la independencia americana. Hecho el balance, resulta que Argentina no sólo ha dado extraordinarios escritores antiguos y modernos, -incluso en pleno fervor separatista dio figuras como Domingo Faustino Sarmiento o Estanislao del Campo- sino que desde mediados del siglo xx se iba a convertir en un foco editorial importante cuyas publicaciones se han distribuido por todo el mundo hispánico. Se ha explicado la razón del particular desapego al idioma apelando al genio de los argentinos, a cierta soberbia heredada de los españoles, a una afirmación de su plenitud vital; se han querido ver razones humanas en la notable inmigración que recibió la zona, procedente de los más diversos países europeos, y que propició la mezcla de lenguas muy distintas; se han querido ver razones históricas en el hecho de que el Virreinato del Plata fuera el último constituido y, por tanto, el de menor apego a España. Habrá un poco de todo. Lo cierto es que, todavía en los años cuarenta, el nacionalismo argentino seguía blandiendo la bandera de la lengua, con cierto éxito en algunos sectores de la opinión pública y en instituciones como la escuela, donde los niños debatían si Argentina tenía, o debería tener, lengua propia y cómo denominarla. Era el último resto ideológico de unas guerras idiomáticas iniciadas en los años de Bolívar y San Martín. Amado Alonso le dedicó un trabajo clásico al caso.

Juan Ramón Lodares es profesor de Lengua Española de la Universidad Autónoma de Madrid y autor de varios libros, de uno de los cuales, “Gente de Cervantes. Historia humana del idioma espanol”, nos autorizó a extraer este texto. En esta obra, publicada por la Editorial Taurus, Lodares explica cómo la lengua romance surgida hace mil años en el norte de la Península Ibérica llega al siglo XXI convertida en uno de los grandes idiomas internacionales.

http://www.elcastellano.org/artic/lenguas.htm

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