La Ciudad Inmortal

¿Es el “gobierno limitado” mejor que el “no gobierno”? Sólo el amor me ha robado más sueño que esta pregunta. 

Los partidarios del “gobierno limitado” creen que todos los bienes y servicios los debe proveer el mercado, salvo la seguridad y la justicia. Si no delegamos el monopolio de la fuerza en el Estado, se hará la jungla. 

Para los anarcocapitalistas, el Estado legaliza la violencia. La seguridad y la resolución de disputas son servicios que el mercado está en perfectas condiciones de ofrecer. A diferencia del Estado, que entroniza a una oligarquía y despierta una lucha por el botín de la redistribución, el “no gobierno” garantiza un orden basado en la propiedad. 

Por el “gobierno limitado” están desde Locke hasta Mises, Hayek, Rand y Nozick, pasando por los viejos Whigs, la Escuela Escocesa y los héroes de la Revolución Americana, para citar algunos. El anarcocapitalismo surge en el siglo XIX y tiene en Lysander Spooner a una deslumbrante figura, pero no conoce aún las enseñanzas de la Escuela Austriaca de economía. Esta filosofía no alcanza, por tanto, su máxima expresión hasta el siglo 20. Su príncipe es Murray Rothbard. 

Desde un punto de vista moral, los anarcocapitalistas tienen razón. Son innegables las inconsistencias del “gobierno limitado”. El que quiera consultarlas puede ver el ensayo del “Journal of Libertarian Studies” en el que Rothbard desmonta, ladrillo a ladrillo, el Estado que Nozick justificó en su célebre Anarquía, Estado y Utopía. 

El Estado es una imposición a la que somos sometidos so pena de castigo. 

La historia no registra un solo caso de Estado que no haya desbordado el “gobierno limitado”, incluyendo los Estados Unidos, donde la Constitución más liberal de la historia no ha sido capaz, con todos sus candados, de contener a un Leviatán que ha ido más allá de sus confines. Hay ejemplos de sociedades anarquistas relativamente exitosas: las tribus germánicas y visigóticas a la caída de Roma, la Islandia medieval, Irlanda antes del XVII y, con algo más de violencia, el Oeste estadounidense del XIX. 

¿Cómo funcionaría la sociedad anarquista? David Friedman (hijo de Milton) explica en The Machinery of Freedom que los ciudadanos contratarían agencias de protección, y éstas contratarían tribunales, como adquirimos hoy pólizas de seguro (las sociedades benéficas ayudarían a los pocos indigentes). En caso de disputa, las agencias, en lugar de hacer la guerra, apelarían a tribunales contratados, que, so pena de perder clientes, se sentirían obligados a ser justos. 

En la vereda de enfrente, Ayn Rand pensaba que la perspectiva de una guerra costosa no detendría a la agencia más fuerte. El jurista Richard Posner cree que en toda sociedad donde hay un excedente, el Estado es inevitable para impedir la supremacía del poderoso. 

Es cierto que en la Islandia medieval un agraviado podía vender su derecho a enjuiciar al autor del agravio si era menos fuerte que él, y que el ostracismo al que se sometía a quien eludiera acatar un fallo era efectivo (como ocurría en la Edad Media con el derecho mercantil, hijo de tribunales privados, cuyo éxito radicaba en que los mercaderes castigaban el desacato con el ostracismo). Pero también es cierto que la Islandia medieval degeneró en disputas que abrieron la oportunidad para que Noruega invadiera el territorio

E Irlanda, a pesar de que lo evitó durante mil años, al final fue conquistada por el Estado inglés, que era más fuerte. 

En un mercado libre en el que cada tribunal ofrece un derecho distinto, nada impide que la mayoría termine acudiendo a tribunales que invadan la libertad individual. El mercado puede entronizar la violencia legal, como la ha legitimado la democracia, por la regla de la mayoría, desde el Estado. 

La respuesta de Rothbard a este peligro es inconsistente. En su notable Libertarian Manifesto pide un código legal en el que se estipule que los tribunales están obligados a proteger la libertad. Lo siento, mi admirado Rothbard, pero esa obligación es ya un Estado

El “gobierno limitado” puede satisfacer el ideal anarquista: si todos aceptamos voluntariamente una Constitución liberal, el gobierno no es involuntario. Pero ¿qué ocurre si alguien quiere salirse y qué pasa con cada nueva generación nacida -involuntariamente- dentro de ese Estado? Hmmm… 

¿A dónde voy ? A que ninguna de las dos fórmulas nos da garantía absoluta.

Por tanto, hagamos retroceder al Estado hasta que sea “limitado”. Luego, si hemos logrado una masa crítica liberal, sospecho que se caerá solito. Si no, volvamos a la carga, con buen humor, a la mañana siguiente. 

Vía Partido Liberal de Perú. Las negritas son mías.

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Comentarios en: "¿GOBIERNO LIMITADO O ANARCOCAPITALISMO? POR ÁLVARO VARGAS LLOSA." (1)

  1. alejandrovilluela dijo:

    Me temo que lo de agencias privadas de justicia (tribunales privados) no se sostiene porque ¿qué pasa si dos personas tienen una disputa y uno contrata a un tribunal que le da la razón y el otro contrata a otro tribunal que le da la razón también?

    Sin embargo, yo también tengo mis dudas acerca de si es posible o no vivir sin estado.

    De todos modos mi solución es la misma que la tuya: limitemos el gobierno al máximo, y ya veremos donde hay que parar si es que hay que parar.

    Es decir, resolvamos nuestra duda empíricamente.

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