La Ciudad Inmortal

Toros, cultura y democracia

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La ofensiva contra la fiesta nacional española se ha materializado en Cataluña, como no podía ser de otra forma. Sin embargo, será difícil que lo haga en el País Vasco o Navarra, porque su relación con los toros forma parte de su ancestral cultura, al igual que en otros muchos lugares de España. Hasta los nacionalismos son diferentes con los toros.

Los toros siempre han querido prohibirse en España, lográndose en alguna ocasión durante poco tiempo. En el año 2004, Barcelona se declaró ciudad antitaurina y en 2007, se celebró la manifestación antitaurina más multitudinaria de la historia en esta ciudad a la que asistieron ¡5.000 personas!. Ese mismo año se publicó un artículo en este blog titulado “Ecoteología” en el que se exponen con claridad las razones ocultas de los movimientos antitaurinos, por lo que no se repetirá lo expuesto.

Sólo cabe añadir algunas cosas, la tauromaquia es un hecho cultural singular, una tradición ancestral que proviene de la Grecia Clásica. La cultura minoica estaba fundamentada en el culto al toro, el mito del Minotauro es la representación simbólica del enfrentamiento del ser humano contra la bestia externa ante los miedos internos, representado por el héroe Teseo. Teseo se disputa con Heracles el origen antiguo de la tauromaquia. En Egipto se adoraba al buey Apis, que posteriormente pasó a ser Serapis, un sincretismo de Osiris y Apis, que formaba parte como deidad del panteón funerario egipcio, y su culto se relacionaba con la curación y la adivinación de los sueños. En Babilonia los toros androcéfalos alados presidían las entradas de los palacios. En Roma se realizaban espectáculos con uros en los circos. Pero para encontrar la relación del hombre con los bóvidos tendríamos que remontarnos a la prehistoria. Los toros de las cuevas de Lascaux o los bisontes de las cuevas de Altamira, son ejemplos de la relación cultural simbólica de los seres humanos con esta familia de animales.

En la mayoría de las culturas con presencia de bóvidos, se han domesticado y juegan un papel importante en su organización social y economía. En la India, las vacas son sagradas, en los Estados Unidos los toros se cabalgan en los rodeos. Los búfalos alimentaron a las tribus aborígenes de América. Pero la tauromaquia es una fiesta ancestral de origen español que se remonta a la Edad Media, al siglo XII, y que se practica de forma habitual en diversos países: Portugal, España, Francia, México, Colombia, Perú, Venezuela, Ecuador, Panamá y Bolivia. Como exhibición se han realizado corridas de toros en China, Estados Unidos, Filipinas y Cuba. Eso molesta a los antiespañoles, tanto como a los antitaurinos.

La tauromaquia está imbricada con la cultura española, ha sido motivo de estudio y análisis por numerosos investigadores culturales, ensalzada por poetas, relatada por escritores hispanos y foráneos, ha sido tradición inductora de géneros musicales como el pasodoble, recogida en numerosas expresiones plásticas o escultóricas. El toreo dispone, como todos los hechos culturales consolidados, de códigos específicos, rituales y mitología; procurando afición entre sus seguidores y desdén entre sus detractores.

Pero la cuestión que se debe analizar no es la existencia del arte de Cúchares como un hecho cultural fundamental de la cultura hispana, que se ha conservado hasta nuestros días. La cuestión relevante es si la política, su uso y abuso, tiene derecho a desincrustar de nuestro acervo cultural una tradición festiva que ha perdurado durante ocho siglos. Aunque la pregunta en nuestro país es de respuesta obvia cuando el Estado pretende reglamentar la organización convivencial de los ciudadanos y ciudadanas, la reproducción establecida por decreto y regulada por ley, lo que pueden y no puede comer los españoles, si pueden o no pueden fumar, si pueden o no pueden beber, o si tienen que consumir obligatoriamente lo que se determine, según tengan trabajo o no lo tengan, porque el trabajo si es un factor limitante para la vida, aunque lo importante para algunos sea acabar con los toros.

Sólo desde el materialismo más voraz del socialismo adoctrinador y la animadversión contra lo hispano de los nacionalismos se puede entender la cruzada contra los toros en nuestro país, despreciando todas las connotaciones semióticas y semánticas de un arquetipo biológico y cultural que milagrosamente ha llegado hasta la actualidad. Porque el Toro de Lidia es el descendiente más próximo al uro, el bóvido extinguido que dio lugar a todas las subespecies conocidas. La prohibición de la fiesta nacional posiblemente concluyera con la subespecie.

La ignorancia suprema guía los pasos de los que pretenden acabar con los votos, con lo que no han podido concluir los siglos. Pero en la tauromaquia se reúnen todas las abominaciones de la nueva fe: es una práctica habitualmente masculina –que subleva a las feministas y que en esta ocasión están por la exterminación más que por la igualdad de género-, representa la masculinidad –algo incompatible con el modelo andrógino que se impone desde el pensamiento políticamente correcto-, es un espectáculo de sangre –algo que no pueden soportar los vegetarianos, pacifistas, y bondadosos animalistas-, es categóricamente español –algo que solivianta a los nacionalistas-, y supone señas de identidad para un pueblo que se ha llevado al matadero de la historia por intereses políticos -algo necesario en los planes de los gobernantes, para implantar su nuevo orden-. Sólo hay que contemplar lo que le han hecho en varias ocasiones al último toro de Osborne que había en Cataluña, para comprobar el odio que le tienen algunos catalanistas a España y a lo español.

Pero fundamentalmente lo que más molesta a toda esta legión sectaria reunida es que no se respeten “los derechos de los animales” como si fueran humanos, como si alguna vez se respetaran los de los pollos, las terneras, los cerdos o las sardinas, pero como no forman parte de la tradición española no les importa demasiado, porque son animales de más baja categoría, hasta para ser animal hay clases en la cárcel mental de los sectarios. Las corridas de toros deben extinguirse, porque son un símbolo de lo español, y para ir contra lo español vale lo mismo los toros que el jamón ibérico -aunque menos, claro, que está muy bueno-. Lo que se busca con la extinción de la fiesta nacional, en realidad es la extinción de la identidad española.

Y habrá algún inocente, buena persona, que se siente español sin problemas, que absolutamente manipulado por intereses que desconoce, pensará que es un espectáculo horrible porque los pobres animales sufren y se hace un a orgía de sangre con ellos, cuando en realidad si la subespecie bóvida de los toros de lidia existe es gracias a la fiesta nacional, porque si no se hubiera extinguido hace mucho tiempo, como ocurrió con el uro. En África, desde que se han privatizado los elefantes, ha comenzado a incrementarse su reproducción. Los toros de la Camarga y Les Landes, son venerados por los habitantes del país vecino sin grandes injerencias de los antitaurinos franceses.

En mi opinión, hay algo más profundo en el movimiento antitaurino que responde a cuestiones arcanas, y es la tanatofobia de las nuevas generaciones que no soportan la contemplación de la muerte en directo, habitualmente del toro, pero también del torero en ocasiones, aunque virtualmente desarrollen más violencia que todas las generaciones anteriores reunidas y se hayan cargado lo inimaginable ante una pantalla, bien de forma pasiva o activa. Hay algún grupo en Facebook con miles de seguidores en el que se celebra la muerte del torero por la bestia, lo que indica la ralea de los participantes.

La estética social del presente, fundamentada en el hedonismo, la dependencia, el pacifismo, el gregarismo por adherencia, y la doctrina del pensamiento único desdeña la fiesta taurina, considerándola impropia de una civilización buenista; una generación que no soporta la exposición a la violencia, aunque los soldados españoles se dejen la vida en Afganistán, eso sí, ayudando a establecer una democracia en un país en la que la mayoría de sus habitantes desconocen lo que es tal cosa, y por supuesto, que nada tiene que ver con morir en Irak por la misma causa, como ha dejado bien claro el gobierno y la ONU-Dios.

La meliflua y andrógina juventud española educada en la solidaridad, el pacifismo, la cooperación y la alianza de civilizaciones está siendo condenada a la esclavitud futura por sus gobernantes, porque mientras en nuestro país se aboga por el silencio de los corderos, en otros no lejanos se estimula el bramido de los cabrones, y a la larga los corderos y los cabrones están condenados a disputar su lugar en el mundo.

La mejor forma de mantener la paz es prepararse para la guerra, tanto a nivel individual, cuando los miembros de las nuevas cohortes tengan que conseguir un trabajo disputando sus méritos con los aportados por el sobrino enchufado de un sindicalista o un político, como cuando como colectivo. tengan que enfrentarse con otros colectivos –nacionales o extranjeros- para obtener una posición que al menos le procure recursos para vivir de forma independiente.

Los toreros saben de antemano y nos recuerdan, que la muerte nos acecha cada día, a la vuelta de cada esquina, porque la peor de las muertes es una vida miserable, por eso los toreros se enfrentan a la parca en la arena del albero, para vencer al final su miedo con la destreza y el engaño, para que la razón humana prevalezca sobre la irracionalidad de las bestias y la prosodia de los iluminados.

¿Han ido pensando los prohibicionistas en las butifarras vegetales?, pues deberían hacerlo antes de enconar más a los ciudadanos de este país con sus gilipolleces. Quizás detrás de la extinción de la tauromaquia venga la imposición de que los españoles nos alimentemos de productos exclusivamente catalanes. Y seguro que en el Gobierno de España, si sigue Rodríguez Zapatero de Presidente, lo toma en consideración y acepta que sólo la mitad de productos catalanes nada más, por aquello de la “cosoberanía” y el Estatut.
Enrique Suárez Retuerta
Un ciudadano español que no renuncia a su soberanía

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