La Ciudad Inmortal

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manifestaciones contra el intervencionismo y el pillaje gubernamental han sido un éxito rotundo a través de todos los Estados Unidos.

JUEVES 16 DE ABRIL DE 2009

¡ÉXITO ROTUNDO!


José Alejandro Amorós (EE.UU.).- Las manifestaciones contra el intervencionismo y el pillaje gubernamental han sido un éxito rotundo a través de todos los Estados Unidos.Desde las mayores ciudades hasta las villas y poblados más pequeños se han celebrado manifestaciones “Tea parties”. Miles de personas de clase media, familias enteras, padres, madres, hijos, amas de casa, trabajadores de industria cesanteados, profesionales, en fin, la gama de la sociedad han salido al público para decir “Basta”.

Pero el éxito de estas manifestaciones, verdaderamente de raíces populares, se puede medir no en las cantidades de gentes sino por la ferocidad en el ataque contra ellos por representantes del gobierno y sus aliados mediáticos. Esa oposición ha hecho todo lo posible por descalificar a estas gentes decentes quienes solo han querido defender lo suyo y lo de sus hijos. Se les ha comparado con neo-nazis y con terroristas.

Al pensar de muchos, no ha sido coincidencia que esos ataques hayan ido a la par con la retórica descubierta en un documento interno del Departamento de Seguridad Nacional (DHS), donde se evalúa, concluye e instruye la vigilancia y categorización como de potenciales “terroristas” a toda una serie de personas con posiciones contrarias a la administración de Obama. Estas posiciones incluyen desde oposición a la continúa intervención del gobierno federal, el incremento en el pillaje contributivo y la inmigración ilegal, hasta oposición al aborto y al matrimonio entre homosexuales.

Mientras el gobierno ha descartado el uso de términos como “terrorista” y el de “la guerra contra el terrorismo” para referirse a los actuales enemigos exteriores de los Estados Unidos, y sus acciones ahora llamadas no “ataques terroristas” sino “desastres hechos por el hombre” (“man-made disasters”), ahora se refiere a honestos ciudadanos, con diferencias legítimas como potenciales “terroristas”. Pero no existe similar estudio recomendando la vigilancia de grupos de extrema izquierda.

El otro ángulo que han fuertemente enfatizado, en especial la cadena CNN, es el del racismo, más que implicando, al igual que el reporte del DHS, que la naturaleza de estas manifestaciones es de índole racista, por ser Obama negro.

Pero la gente que ha salido a las manifestaciones no son estudiantes, ni activistas profesionales, ni miembros de las típicas organizaciones de masa de la izquierda, con sus automáticamente establecidas maquinarias de manifestaciones, conectadas por años a organizaciones de base del Partido Demócrata y a sus agentes en los medios. Son gentes sencillas, que aunque experimenten en carne y huesos las maquinaciones de la clase política parásita, tal vez son faltos de un entendimiento tal vez más profundo de lo que aquí se trata. Pero ahí están.

No es cuestión de racismo. Pero desafortunadamente en los Estados Unidos el racismo es una baraja que ha sido muy bien jugada por los amos del sistema de dependencia gubernamental. Irónicamente, según los datos electorales, mientras Obama no pudo haber obtenido ni la nominación y muchos menos la presidencia sin el voto blanco, el 98% del electorado negro votó por Obama sencillamente por la identidad racial.

Es de entender claramente, que el establecimiento político parasitario se ha nutrido del voto de las minorías raciales y étnicas por décadas. Y que esos grupos se han beneficiado por la misma cantidad de tiempo de los impuestos sacados de la clase media, que en su mayoría han sido blancos por sencilla cuestión demográfica, es también de entenderse. Pero esos grupos “minoritarios” amenazan con convertirse en mayorías demográficas (ya los hispanos son mayoría sobre los negros) a la vez que la clase media decide, por el sistema de pillaje, tener menos hijos.

Esos grupos minoritarios caen dentro del 50% de la población que no paga impuestos, sino que son sus beneficiarios. Del otro 50% que paga impuestos, el 98% son blancos, o sea, la mayoría de los contribuyentes, y quienes a su vez mas afectados son por el sistema político parasitario, por tanto, son por necesidad demográfica blancos. No son racistas ideológicos.

Pero a pesar de que los medios trataron de descalificar a las manifestaciones como reuniones y pataleos de derechistas y racistas, esos medios ya no son el monopolio que hasta recientemente han sido. Por eso actúan rabiosamente, dejando saber lo preocupados que están por este movimiento realmente espontáneo del pueblo.

Y a pesar de todo no pudieron ocultar de los nuevos mediáticos como el Internet, el letrero llevado por un afro-americano a una de las manifestaciones que decía, “Lincoln liberó a mis bisabuelos y Obama esclavizará a mis nietos”

José Alejandro Amorós

 

http://lasclasesmedias.blogspot.com/2009/04/exito-rotundo.html


 


Conocimiento libre y global

El conocimiento no puede estar en manos de unos pocos, tiene que estar al alcance de todos, solo así podremos ser realmente libres.

Por eso quisiera recapacitar durante un segundo y agradecer a aquellas enciclopedias gratuitas y globales como wikipedia su empeño en ofrecer información gratuita.

La globalización, en este caso globalización de conocimiento, es el mejor arma para luchar contra la pobreza.

Aquel que ataca a la globalización aplaude la pobreza y la ignorancia.

¡Viva la globalización!
¡Viva el conocimiento!
¡Viva la verdad!

Ludwig von Mises

Mises, el último caballero del liberalismo
Por  Alejandro Villuela

La biografía que hoy comentamos: Mises, the Last Knight of Liberalism, de Guido Hülsmann, es, con diferencia, la mejor que se ha publicado sobre el personaje, y pieza fundamental para quien quiera elaborar una historia de la Escuela Austríaca de economía o conocer en profundidad el devenir del liberalismo en el XX. Cualquier lector de Ludwig von Mises sabe que éste es uno de los grandes. Sus aportaciones fueron de primera magnitud, por haber erigido un sistema de pensamiento económico acaso incompleto pero de una profundidad, una lógica interna y un poder de explicación de la realidad poco habituales, quizá únicos.

Maurice Allais, en los antípodas del pensamiento del austríaco, dijo de él que era “un hombre de una inteligencia excepcional” cuyas aportaciones a la ciencia económica fueron “todas de primer orden”. Ludwig von Mises fue hijo de su tiempo, de esa Viena del cambio de siglo que supo secretar los hombres más extraordinarios del XX.

Los judíos como él daban extraordinaria importancia a la formación, y no es una casualidad que también su hermano Richard descollara –en su caso, en la estadística–. Como cuentan Stefan Zweig en su autobiografía y Hülsmann en estas páginas, aquellos fueron unos jóvenes que quedaban en los cafés para leer revistas de arte y pensamiento y compartir sus últimas lecturas de filosofía o poesía. Mises estaba destinado a ser socialista, como cualquier profesor judío de por entonces, pero cuando leyó los Principios de Menger descubrió la lógica subyacente a los fenómenos económicos y se dedicó a estudiar la ciencia económica, de la que llegó a ser uno de sus mejores conocedores. Esa lógica le llevó a desconfiar del socialismo, del que sería su crítico más certero.

En el seminario que mantuvo en Viena durante años, rodeado de alguno de los más destacados defensores de la libertad en el pasado siglo, era conocido como “el liberal”. En la Mont Pelerin Society, uno de los santuarios liberales de nuestro tiempo, se largó indignado de una reunión tras acusar a todos los asistentes de ser una panda de socialistas.

Años después, uno de sus discípulos más famosos, Murray Rothbard, llegaría a decir: “Algunos de nosotros situábamos a Mises en la izquierda no comunista” en materia política, lo que da una idea de hasta qué punto había sido capaz de fomentar el avance de sus discípulos hacia el liberalismo. Sea como fuere, fue un gran conversor de socialistas de todas las partidas. Hülsmann da cuenta aquí de la revolución liberal que inició nuestro hombre en la Europa de habla alemana de los 20, y que quedó truncada por el ascenso del nazismo. Surgió de la muy conocida (aunque mal entendida) crítica miseana del socialismo, expuesta en primer término (1920) en un artículo y después en el monumental Socialismo.

Un estudio económico y sociológico (1922). El éxito de su demostración de que el socialismo era un error fue arrollador. Para entonces, Mises era ya el primer economista de Austria. Con la ayuda de Max Weber –colaboración que concluyó con la temprana muerte de éste–, provocó lo que entonces se llamó “la crisis de la política social”, que llevó a un número creciente de intelectuales a dejar el socialismo por el liberalismo.

Pero Hitler acabará con todo ello. También Intento revolucionar Londres, esa ciudad conquistada al comienzo de los 30 por su discípulo Friedrich von Hayek, quien entró en la London School of Economics de la mano de Lionel Robbins, un falso miseano que quiso convertir esa institución de inspiración fabiana en la contrapartida liberal al Cambridge de Keynes, pero no lograría una influencia decisiva ni permanente sobre los alumnos de la LSE, entre los que se contaban varios de los principales economistas del XX, como John Hicks, Nicholas Kaldor, Abba Lerner, Tibor Scitovsky, George Shackle o Ronald Coase.  ¿¿Por qué??

En primer lugar, porque Hayek partía de una base completamente distinta a la suya, la del equilibrio general de Walras. Pero es que además nuestro hombre no logró completar su sistema, que le hubiera servido para ganar más adeptos, hasta 1940. Para entonces todos (menos Ludwig Lachmann) habían abandonado a Friedrich Hayek, así como la Escuela Austríaca. Murray Rothbard.Mises acabó recalando en EEUU.

Si los nacionalsocialistas no lo hubieran perseguido, por judío y por liberal, no se habría visto forzado a cruzar el Charco, no habría escrito en inglés ni habría tenido allí unos discípulos, como Hans Sennholz, Israel Kirzner, George Reisman, Bertrand de Jouvenel o el mencionado Rothbard, que dieron un notable impulso a las ideas liberales. Con estos y otros nombres, el gran economista sí lograría asentar una escuela puramente miseana. Contaba, para entonces, con su obra magna, La Acción Humana, en la que exponía sus ideas de un modo sistemático.

Esta fue la segunda revolución, que sí se ha completado con éxito. Guido Hülsmann nos explica cada avance en el pensamiento de Mises con un detalle y una comprensión del personaje jamás alcanzada, ni de lejos, por autor alguno. Es la primera biografía que se beneficia de los papeles perdidos de Mises descubiertos por Richard Ebeling (quien, por cierto, está preparando otra); los que le robaron los nazis que fueron a su casa a matarle, papeles que acabaron en el imperio soviético, donde fueron clasificados y guardados. Que nos hayan llegado en perfectas condiciones gracias a los dos totalitarismos que tanto combatió su autor resulta, sí, una fenomenal paradoja.

Como Mises tuvo numerosos discípulos americanos que escribieron de él por lo menudo, las páginas dedicadas a su vida y obra en los EEUU son menos interesantes que las casi 800 que hablan de la fase anterior de su biografía. En ellas se describe cómo Mises fue erigiendo, con una consistencia que llama la atención, su armazón teórico.

Dio gran importancia a la elección o preferencia –como habían hecho Cuhel y Schumpeter–, a la que situó en el centro de la teoría del valor. Engarzó, por vez primera en la historia, el dinero con el marginalismo (v. La teoría del dinero y del crédito, 1912).

Criticó el socialismo y la generalización de la Ley de Ricardo (v. Socialismo). Amplió la teoría del comercio internacional introduciendo la movilidad de los factores (v. Nación, Estado y economía, 1919). Formuló una teoría del ciclo (v. Sobre la manipulación del dinero y el crédito, 1928). Por supuesto, criticó el intervencionismo, y tras escribir sobre Problemas epistemológicos de la economía publicó la obra con que cerró su sistema: Natiönalokonomie (1940), de la que surgiría su obra cumbre: La acción humana (1949), que contiene dos de sus más valiosas contribuciones a la ciencia económica (la teoría del interés y su visión de la empresarialidad) y fue el instrumento ideal para crear, aunque fuera en contra de su temperamento, una escuela miseana en Nueva York.

Guido Hülsmann ha escrito una obra maestra. Es el mejor libro que he leído en años, y puedo decir que no soy la única persona que ha experimentado lo mismo.

Robert Higgs, uno de los grandes historiadores liberales del momento, ha declarado: “Si hubiese escrito algo la mitad de maravilloso, y reconozco que carezco de las habilidades para hacerlo, habría considerado mi carrera un completo éxito”.

Mises,  es un regalo para la humanidad. No sólo para quien esté interesado en el liberalismo económico,  o en el pensamiento económico en general, sino para todo aquel se sienta concernido por la historia del siglo XX y por la lucha de la libertad, en la que Mises llegó a estar prácticamente solo frente a los totalitarismos.

MANIFIESTO POR LA LENGUA COMÚN

MANIFIESTO POR LA LENGUA COMÚN
 
Desde hace algunos años hay crecientes razones para preocuparse en nuestro país por la situación institucional de la lengua castellana, la única lengua juntamente oficial y común de todos los ciudadanos españoles. Desde luego, no se trata de una desazón meramente cultural -nuestro idioma goza de una pujanza envidiable y creciente en el mundo entero, sólo superada por el chino y el inglés- sino de una inquietud estrictamente política: se refiere a su papel como lengua principal de comunicación democrática en este país, así como de los derechos educativos y cívicos de quienes la tienen como lengua materna o la eligen con todo derecho como vehículo preferente de expresión, comprensión y comunicación.
 
Como punto de partida, establezcamos una serie de premisas:
 
1. Todas las lenguas oficiales en el Estado son igualmente españolas y merecedoras de protección institucional como patrimonio compartido, pero sólo una de ellas es común a todos, oficial en todo el territorio nacional y por tanto sólo una de ellas -el castellano- goza del deber constitucional de ser conocida y de la presunción consecuente de que todos la conocen. Es decir, hay una asimetría entre las lenguas españolas oficiales, lo cual no implica injusticia (?) de ningún tipo porque en España hay diversas realidades culturales pero sólo una de ellas es universalmente oficial en nuestro Estado democrático. Y contar con una lengua política común es una enorme riqueza para la democracia, aún más si se trata de una lengua de tanto arraigo histórico en todo el país y de tanta vigencia en el mundo entero como el castellano.
 
2. Son los ciudadanos quienes tienen derechos lingüísticos, no los territorios ni mucho menos las lenguas mismas. O sea: los ciudadanos que hablan cualquiera de las lenguas cooficiales tienen derecho a recibir educación y ser atendidos por la administración en ella, pero las lenguas no tienen el derecho de conseguir coactivamente hablantes ni a imponerse como prioritarias en educación, información, rotulación, instituciones, etc… en detrimento del castellano (y mucho menos se puede llamar a semejante atropello «normalización lingüística»).
 
3. En las comunidades bilingües es un deseo encomiable aspirar a que todos los ciudadanos lleguen a conocer bien la lengua cooficial, junto a la obligación de conocer la común del país (que también es la común dentro de esa comunidad, no lo olvidemos). Pero tal aspiración puede ser solamente estimulada, no impuesta. Es lógico suponer que siempre habrá muchos ciudadanos que prefieran desarrollar su vida cotidiana y profesional en castellano, conociendo sólo de la lengua autonómica lo suficiente para convivir cortésmente con los demás y disfrutar en lo posible de las manifestaciones culturales en ella. Que ciertas autoridades autonómicas anhelen como ideal lograr un máximo techo competencial bilingüe no justifica decretar la lengua autonómica como vehículo exclusivo ni primordial de educación o de relaciones con la Administración pública. Conviene recordar que este tipo de imposiciones abusivas daña especialmente las posibilidades laborales o sociales de los más desfavorecidos, recortando sus alternativas y su movilidad.
 
4. Ciertamente, el artículo tercero, apartado 3, de la Constitución establece que «las distintas modalidades lingüísticas de España son un patrimonio cultural que será objeto de especial respeto y protección». Nada cabe objetar a esta disposición tan generosa como justa, proclamada para acabar con las prohibiciones y restricciones que padecían esas lenguas. Cumplido sobradamente hoy tal objetivo, sería un fraude constitucional y una auténtica felonía utilizar tal artículo para justificar la discriminación, marginación o minusvaloración de los ciudadanos monolingües en castellano en alguna de las formas antes indicadas.
 
Por consiguiente los abajo firmantes solicitamos del Parlamento español una normativa legal del rango adecuado (que en su caso puede exigir una modificación constitucional y de algunos estatutos autonómicos) para fijar inequívocamente los siguientes puntos:
 
1. La lengua castellana es COMÚN Y OFICIAL a todo el territorio nacional, siendo la única cuya comprensión puede serle supuesta a cualquier efecto a todos los ciudadanos españoles.
 
2. Todos los ciudadanos que lo deseen tienen DERECHO A SER EDUCADOS en lengua castellana, sea cual fuere su lengua materna. Las lenguas cooficiales autonómicas deben figurar en los planes de estudio de sus respectivas comunidades en diversos grados de oferta, pero nunca como lengua vehicular exclusiva. En cualquier caso, siempre debe quedar garantizado a todos los alumnos el conocimiento final de la lengua común.
 
3. En las autonomías bilingües, cualquier ciudadano español tiene derecho a serATENDIDO INSTITUCIONALMENTE EN LAS DOS LENGUAS OFICIALES. Lo cual implica que en los centros oficiales habrá siempre personal capacitado para ello, no que todo funcionario deba tener tal capacitación. En locales y negocios públicos no oficiales, la relación con la clientela en una o ambas lenguas será discrecional.
 
4. LA ROTULACIÓN DE LOS EDIFICIOS OFICIALES Y DE LAS VÍAS PÚBLICAS, las comunicaciones administrativas, la información a la ciudadanía, etc… en dichas comunidades (o en sus zonas calificadas de bilingües) es recomendable que sean bilingües pero en todo caso nunca podrán expresarse únicamente en la lengua autonómica.
 
5. LOS REPRESENTANTES POLÍTICOS, tanto de la administración central como de las autonómicas, utilizarán habitualmente en sus funciones institucionales de alcance estatal la lengua castellana lo mismo dentro de España que en el extranjero, salvo en determinadas ocasiones características. En los parlamentos autonómicos bilingües podrán emplear indistintamente, como es natural, cualquiera de las dos lenguas oficiales.
 
Firmado por Mario Vargas Llosa, José Antonio Marina, Aurelio Arteta, Félix de Azúa, Albert Boadella, Carlos Castilla del Pino, Luis Alberto de Cuenca, Arcadi Espada, Alberto González Troyano, Antonio Lastra, Carmen Iglesias, Carlos Martínez Gorriarán, José Luis Pardo, Alvaro Pombo, Ramón Rodríguez, José Mª Ruiz Soroa, Fernando Savater y Francisco Sosa Wagner
 

Contra la esclavitud del siglo XXI

05/03/2007 – Jorge Valín

Contra la esclavitud del siglo XXI

Cuando empezó a aflorar el movimiento antiesclavista a finales del siglo XVIII muchos lo vieron como el principio del fin. Hubo dudas de todo tipo, desde económicas hasta morales pasando por las políticas o las referidas a la estabilidad del sistema. Se llegó a decir incluso que los esclavos tenían que compensar a sus amos por la productividad que no realizarían al dejar de trabajar gratis para ellos. Algunos creían que al ser unos “salvajes” sembrarían el caos entre ellos y eso desestabilizaría la sociedad. No sólo los esclavistas pensaban así, sino que incluso algunos esclavos también lo creían. Preferían vivir en la falsa seguridad de la tiranía que descubrir el huracán de la libertad y la capacidad de tomar decisiones por si mismo siendo siempre responsable de sus propios actos.

Todos estos miedos nos parecen absurdos ahora que ya conocemos la historia. Nos cuesta entender incluso cómo una enorme parte de la sociedad podía tener miedo al abolicionismo. La esclavitud en Europa fue abolida con la llegada del capitalismo y fue uno de los más grandes pasos hacia la libertad individual.

Ahora estamos en el siglo XXI y la esclavitud aún existe. Esclavitud es la posesión de un ser humano en manos de otra contra la voluntad del primero. Es la explotación del trabajo de una persona contra su voluntad y eso implica el robo también de su propiedad privada, esto es, de su producción. El esclavo no tiene opciones, sólo ha de trabajar para su amo, de no ser así, el amo tiene la capacidad de aplicar la fuerza, la violencia física contra el esclavo pudiéndolo incluso matar. El que trabaja de forma voluntaria jamás puede ser un esclavo, por más mal pagado o explotado que se considere. En el momento que podemos abandonar de forma libre y sin represalias nuestro trabajo, somos hombres libres no esclavos.

Todo y así, la esclavitud no sólo sigue existiendo, sino que es masiva y afecta a todos los sistemas occidentales. Sólo hay una organización que nos haga rendirle por medio de la fuerza nuestra producción y libertad contra nuestra voluntad: el estado.

A igual que ocurría en los siglos XVIII y XIX, la actual esclavitud del estado se mantiene por las mismas excusas: el esclavo (usted) no puede vivir en libertad porque es un ser antisocial, se rinde ante sus pasiones, o también, en libertad sólo haría que generar costes sociales que llevarían a la extinción de la humanidad. Posiblemente, de aquí a doscientos años nuestros descendientes vean estas excusas tan ridículas como nosotros vemos las de los esclavistas de siglos pasados. En ese momento futuro, es de desear que el hombre haya llegado a la cúspide de la civilización y por fin podrá desarrollar su potencial sin obstáculos ni extorsión.

El estado no ha de ser responsable de nuestras vidas ni actos. Cuando lo hace, sólo es para podernos expropiar por medio de la coacción nuestra propiedad privada y nuestro trabajo. Los impuestos, por ejemplo, no tienen ninguna justificación individual ni por lo tanto social, más bien al revés. Sólo sirven para mantener a una oligarquía: gobernantes, políticos, grupos de presión, sindicatos, patronales, monopolios… que en una sociedad libre sería minoritaria y menos parasitaría que en la actualidad.

Al rendir nuestra producción o dinero al estado tenemos, de hecho, un socio pasivo e impuesto que cada día, semana, mes, año y durante toda nuestra vida vamos a tener que alimentar sin que nos aporte nada en balance general, aunque sólo sea por la suma de todos los costes de transacción o la restricción a la diversidad de la estructura productiva y de precios que el estado impide. Pero lo que es más importante, con los impuestos cedemos nuestra producción realizada contra nuestra voluntad. A eso siempre se le ha llamado robo, no hay ningún contrato ni negociación posible, es “la bolsa o la vida”, y sólo bajo esta amenazada el esclavo paga. No es un acto humanitario, sino antisocial e incivilizado.

De igual forma, el estado abarca cada vez más el control en nuestras vidas. ¿Por qué necesita un permiso del gobierno para conducir, abrir una empresa, comprar un arma para defendernos o por qué la ley, ordenanzas municipales o los políticos en general le han de decir dónde aparcar su vehículo, cuándo regar las plantas o a qué hora o cómo ha de sacar la basura todo ello bajo la amenaza de multas? Rápidamente el esclavista y prohibicionista le responderán, al igual que decían en el S. XIX: “porque el hombre es un salvaje, necesita leyes que le coarten su libre albedrío, sino la sociedad sería un caos y todos desapareceríamos”.

La burda apología del esclavismo concibe que el hombre no son responsable de sus propios actos, y cómo solución nos plantea una contradicción: un grupo de hombres, oligarcas, que dirijan y manden sobre el resto. Si el hombre es salvaje por esencia ningún sentido tiene poner al mando a uno de su misma especie. No sólo eso, sino que además los incentivos son diferentes. El político, al ser un hombre con control supremo y sin nadie que le supervise –todo lo contrario que nosotros– toma decisiones que sólo apoyan su interés sin necesidad que a usted le puedan ser beneficiosas. Más bien al revés, como el político y el gobierno son los dueños monopolísticos de la fuerza y la ley pueden usarla en único beneficio de ellos mismos y los suyos. Si lee la prensa o mira las noticias encontrará tantos casos como quiera: corrupción por todas partes, leyes favorables a una sola empresa o grupo de presión, o leyes que sólo favorecen al propio gobierno como la actual Ley del Suelo que abarata las expropiaciones y puede impulsar la corrupción política aún más.

Los controles sociales pueden existir sin una represión continua del estado hacia todo, es más, la represión y derecho positivo en el que se basa el estado del bienestar no son la mejor forma de potenciar la responsabilidad individual. Curiosamente es a la inversa, fomentan el caos y el grado de inicialización del hombre. El continuo aumento de la delincuencia en España es debido a leyes que consideran al criminal una víctima, esto es, lo exoneran de sus actos. El alto grado de desempleo es debido a leyes que fomentan la irresponsabilidad individual como el subsidio de desempleo o leyes contra el despido, que además, se basan en la extorsión. Para garantizar una sociedad puramente responsable sólo hay un camino, avanzar hacia una libertad total donde todo sea responsabilidad privada e alguien. Fíjese por ejemplo, que las calles siempre están sucias, su “responsable” es el estado. Por el contrario, los grandes almacenes privados siempre están limpios. Sus dueños se encargan de que así sea sin que le cueste nada a la sociedad.

Los pensadores liberales y la entrada del capitalismo abolieron la esclavitud privada. Ahora que hemos consolidado este hito de la civilización vamos a tener que ir más allá y abolir la esclavitud del estado. La entrada de lo que conocemos como Globalización nos lo permite y corre de nuestro lado, es una potente arma para la descentralización estatal. La tecnología, con Internet por ejemplo, también nos permite difundir las ideas sin la censura del gobierno, al menos por el momento.

Es la obligación de cualquier hombre libre luchar contra la esclavitud, no importa que fuese en el siglo XVIII o en el XXI.

http://www.juandemariana.org/comentario/1156/

Instituto Juan de Mariana

La naturaleza del hombre y del Estado

 

14/11/2005 – Albert Esplugas Boter

La naturaleza del hombre y del Estado

Algunos liberales minarquistas blanden la naturaleza del hombre como razón apodíctica contra la viabilidad de una sociedad sin Estado. Arguyen que el anarco-capitalismo a lo sumo sólo sería factible si todos los hombres fueran “buenos” o “pacíficos” por naturaleza, pero puesto que no lo son el Estado es necesario para controlarlos y contener así sus querencias agresivas. Los anarquistas de mercado son de este modo acusados de obviar la importancia de la naturaleza humana o furtivamente equiparados con los comunistas que ansían forjar un hombre nuevo que sea compatible con su particular idea del paraíso en la tierra.

Lo cierto es, no obstante, que los anarco-capitalistas no pasan por alto la naturaleza humana ni apuestan en absoluto por reformarla. Tales críticas, que atacan un mero hombre de paja, provienen de un conocimiento superficial de las tesis sostenidas por aquellos unido, en ocasiones, al afán por desacreditar una postura que se rechaza sin ulterior análisis, casi instintivamente, como si la cuestión fuera auto-evidente.

Como dijera Hayek en relación con el liberalismo clásico, se trata de “un sistema social que no depende para su funcionamiento de que encontremos hombres buenos que lo dirijan, o de que todos los hombres devengan más buenos de lo que son ahora, sino que toma al hombre en su variedad y complejidad dada”. El anarco-capitalismo, como el minarquismo en los ámbitos en los que demanda la no-intervención del Estado, no se adhiere a ninguna concepción específica de la naturaleza del hombre, sino que la asume como algo dado, sea cual sea ésta. Proclama que la libertad plena, una sociedad de relaciones voluntarias-contractuales, la ausencia de agresión institucionalizada, es deseable sea la naturaleza humana vil, benigna o cualquier combinación de ambas.

El motivo por el cual los detractores tildan de ingenua esta postura es porque de algún modo presumen que una sociedad sin Estado es una sociedad indefensa frente a las tendencias criminosas de numerosos individuos. Pero el anarco-capitalismo propugna una sociedad sin Estado, no una sociedad sin ley y orden. No propone que la ley, los tribunales, los jueces, la policía, las prisiones, el ejército… desaparezcan, sino que sean privatizados, que los servicios de justicia y gendarmería sean comprados y vendidos libremente en el mercado, de modo que cada cual pague por aquello que quiere y la protección de las personas y sus propiedades deje de responder a intereses políticos y pase a ajustarse a los deseos de los consumidores. El por qué el hecho de que haya gente con inclinaciones agresivas exige que haya una sola “agencia de protección” con jurisdicción sobre un territorio en lugar de múltiples agencias compitiendo entre ellas en ese mismo territorio es algo que los críticos deberían explicar, porque en absoluto resulta auto-evidente.

Los delincuentes son (ineficientemente) reprimidos por el Estado pero, ¿ quién reprime al Estado, el más sistemático de los agresores? Lo que erróneamente achacan al anarco-capitalismo es, pues, lo que sucede con el Estado: nadie aplaca sus tendencias agresivas. En un escenario anarco-capitalista, sin embargo, las empresas de protección/justicia no sólo perseguirían a los (auténticos) delincuentes de forma más eficiente, sino que además se chequearían mutuamente. Si una agencia ofreciera un mal servicio o se volviera despótica de la noche a la mañana los clientes acudirían a la competencia y aquélla se quedaría sin fondos. Pero no podemos cambiar de “proveedor” si el Estado sube los impuestos o dispensa un mal servicio.

El argumento de la naturaleza humana puede parcialmente extrapolarse a otro nivel: si el Estado es necesario porque hay elementos sociales agresivos, ¿es necesario un gobierno mundial por el hecho de que hay Estados nacionales abiertamente tiránicos? Hoy al menos los Estados se “chequean entre ellos” en cierta medida (la gente aún puede elegir con los pies emigrando) ¿Pero quién chequearía al gobierno mundial? Y si es mejor tener muchos Estados que uno solo, ¿por qué no es mejor que haya múltiples agencias de protección en un territorio en lugar de una?

Por otro lado, el Estado lo conforman hombres, ¿por qué iban a ser los gobernantes menos malvados que los gobernados? ¿Por qué el supuesto de que el hombre es malvado por naturaleza es una razón para centralizar el poder en lugar de dispersarlo? Los individuos no pueden escapar al Estado, pero sí pueden escapar a la empresa de seguridad que se torna agresiva acudiendo a la competencia. La idea, no obstante, de que una empresa de seguridad se vuelva agresiva se les antoja a algunos demasiado insoportable, y en respuesta abogan por una institución que ya es agresiva per se, el Estado. La naturaleza humana, dicen, llevaría a que varios grupos (individuos, mafias, agencias…) agredieran a los individuos pacíficos, así que para protegernos de estos grupos debemos apelar a un “grupo” que ya agrede a los individuos pacíficos sistemáticamente. Extraña lógica.

El Estado, como canal socialmente legitimado para ejercer la coerción, sirve, además, de parapeto a aquellos que por naturaleza buscan imponer sus valores a toda la sociedad. No es casualidad tampoco que tiendan a ser los individuos más innobles los que alcanzan posiciones de autoridad. La política atrae a los ávidos de poder y la competencia electoral, contrariamente a la del mercado, premia a los demagogos y a los que seducen con engaños a la ciudadanía. En un escenario anarco-capitalista nadie podría ampararse en el Estado para camuflar sus inclinaciones dominadoras, de modo que se desincentivaría la agresión sistematizada. Nadie agrediría a terceros y osaría decir que lo ha hecho por el bien común o para proteger de otras agresiones a las víctimas.

Como señala el anarco-capitalista David Friedman, “una utopía que sólo fuera viable en una sociedad de santos es una visión peligrosa; no hay suficientes santos”. En este sentido el anarco-capitalismo no requiere más santos que el Estado mínimo, acaso menos. Sea cual sea la naturaleza del hombre, ésta no constituye una objeción a un sistema de ley policéntrica. Un libre mercado de servicio de protección, y no un monopolio de la fuerza agresivo en sí mismo, debe ser la respuesta a las querencias violentas de un segmento de la población.

 

http://www.juandemariana.org/comentario/336

 Instituto Juan de Mariana.

En torno al nacionalismo identitario

La tendencia

En torno al nacionalismo identitario  

Rodolfo Vargas Rubio

centrífuga que desde unas décadas a esta parte se ha ido manifestando en España, exacerbándose en los últimos años con la pasividad del gobierno de la nación, es un fenómeno que entra en notable contraste con el sentido histórico y con la proyección al futuro de la Unión Europea, al menos por lo que a los países más fuertes de ella se refiere (Francia, Alemania, Italia y Reino Unido). El nacionalismo identitario inspirador de las reivindicaciones de los separatistas vascos y catalanes es una doctrina decimonónica que tuvo su momento, pero que quedó desacreditada por la realidad en las dos grandes conflagraciones del siglo XX, a encender las cuales contribuyó en no escasa medida. Recordemos que la Segunda Guerra Mundial no fue sino una consecuencia de los malos arreglos que siguieron a la Primera en el Tratado de Versalles y que constituyeron un triunfo efímero de ese nacionalismo (que no resolvió el problema balcánico y, en cambio, creó otros). Las guerras que ensangrentaron los Balcanes a finales del siglo XX fueron conflictos nacionalistas y étnicos, última consecuencia de los errores de 1919. 

Que existiera un sentimiento que podríamos llamar nacional, entendido como una conciencia de peculiaridad y la reivindicación de una tradición propia, en el País Vasco y en Cataluña no lo niega nadie. Es un dato incontestable que cierta política torpe a nivel de la monarquía española contribuyó en buena medida a soliviantar los ánimos hasta hacer que, por ejemplo, en el siglo XVII, Cataluña siguiera el ejemplo de Portugal y pretendiera escindirse de España, prefiriendo entregarse a Francia, mucho más implacable, sin embargo, en su política centralizadora y unitaria (y si no díganlo los catalanes occitanos que quedaron del otro lado de los Pirineos después de 1659). Pero deducir de ello una voluntad de independencia como constante histórica es, por lo menos, aventurado y, por supuesto, hay que demostrarlo. El problema es que no se puede. Los catalanes, por ejemplo, apoyaron al Archiduque de Austria como Rey de España durante la Guerra de Sucesión porque prometió respetar los fueros y libertades catalanas. No entraba dentro de los planes del Habsburgo permitir una secesión de Cataluña y los catalanes lo sabían. La resistencia contra Felipe V fue motivada por la política absolutista que traía importada de Francia y que temían que acabase con dichos fueros y libertades, como había sucedido ya con el Rosellón y la Cerdaña cincuenta años antes. Más tarde veremos a vascos y a amplios sectores de catalanes defender la causa carlista (que era una causa española) a lo largo del siglo XIX bajo el lema “Dios, Patria, Fueros, Rey”. Tampoco hay que olvidar al ilustre obispo catalán Torras y Bages, que fue quien acuñó el célebre aforismo: “Catalunya será cristiana o no será”, vinculando la tradición catalana a la religión católica, a la que atribuía importancia capital en la formación del Principado, pero sin asomo de separatismo.

Éste vino cuando las ideas del liberalismo y del romanticismo contaminaron a pensadores vascos y catalanes. El interés por lo étnico brindó los elementos de diferenciación en torno a los cuales se construyó el nacionalismo identitario y excluyente (sobre todo, la lengua). Las teorías de Nietzsche, Darwin y Gobineau alimentaron un emergente racismo, que en el caso vasco tuvo especial desarrollo con Sabino Arana, creador del mito de la sangre vasca. Así pues, tomando como criterio la lengua u otro elemento considerado como “hecho diferencial” se lo absolutiza y se forja una idea de nación. Ésta queda identificada con el hecho diferencial; es más: es éste el que hace a la nación y la define como tal. Pero la realidad es mucho más compleja y desmiente a la teoría. Un ejemplo bastará para ilustrar cuanto decimos: según ciertos nacionalistas, le lengua es el hecho diferencial que determina la nación. De este postulado Hitler (nacionalsocialista) dedujo que eran alemanes todos los que hablaban alemán y se anexionó Austria (país germanoparlante) y los Sudetes (región checa de habla alemana). Pero no tuvo en cuenta la idiosincrasia austríaca, completamente diferente de la alemana, a pesar de la comunidad idiomática. Que la lengua no determine la nacionalidad lo muestra también, pero a la inversa, el caso suizo: los suizos se entienden como nación, no obstante y hablarse francés, alemán, italiano y romanche en el territorio helvético. Un suizo del Ticino, que habla italiano, se siente suizo y no italiano. Lo mismo pasa respectivamente con los suizos francoparlantes, germanoparlantes y de los Grisones. 

Lo curioso es que el nacionalismo tarde o temprano engendra imperialismo. Se vio en los casos de los países artificiales que fueron creados tras la disolución del Imperio Austrohúngaro (Checoeslovaquia y Yugoeslavia), donde las minorías bohema y serbia, se impusieron sobre las demás, sometiéndolas. Es lo que pasa en España con los nacionalistas vascos y catalanes, partidarios de una especie de “irredentismo”. Los primeros pretenden anexionarse Navarra porque según ellos “en la cuarta provincia” se habla vasco y, por lo tanto, hay vascos. Los segundos llaman descaradamente “países catalanes” (Països Catalans) no sólo a Cataluña, sino a las partes del antiguo Reino de Valencia en las que se habla valenciano, a las Baleares y las Pitiusas, a la llamada “Franja” aragonesa y a la Occitania o Cataluña francesa (hay quienes llegan a considerar la ciudad sarda de Alghero o L’Algher –en la que habla catalán una minoría de la población– como un suerte de ciudad-estado catalana enclavada en territorio italiano), comunidades de muy dispar y heterogénea identidad. No es ni más ni menos que una reedición del Anschluss hitleriano. Y no exageramos: el principio es idéntico. Como dato paradójico y que muestra hasta qué grado de ridículo pueden llegar, no sólo coinciden con el Führer: en su delirio antiespañol evitan pronunciar el nombre de España y resulta que coinciden también con Franco al denominar a nuestro país “Estado Español” (que es como se tituló el régimen anterior).

El caso es que España, a diferencia de Francia, de Alemania o de Italia, y contra lo que los nacionalistas sostienen, no absorbió ni españolizó completamente a las distintas entidades históricas que la componen y eso ha dado pábulo a las reivindicaciones separatistas. La unidad de España data de 1479 y se redondeó en 1492, anteriormente a Francia (que aún hubo de esperar antes de incorporarse definitivamente Bretaña, el Franco Condado, Flandes, Rosellón y la Cerdaña, Córcega, Niza, Alsacia y Lorena) y a las de Alemania e Italia (países formados ambos en 1870 por el nacionalismo centrípeto). Sin embargo, los conflictos nacionalistas son en estos países mínimos, mientras que en el nuestro constituyen un problema grave y cada vez más acuciante, absurdo si se lo mira en la perspectiva de la Unión Europea, que tiende a la supresión de factores de división (sin que ello signifique renunciar a la propia tradición histórica y cultural) y desde la óptica de la Historia, que tiende la superación del espíritu ancestral de tribu para lograr un mundo civilizado, que no es sino el ideal de la Antigua Roma, de la Roma Eterna, tantas veces intentado, tantas veces frustrado pero siempre acariciado y anhelado.

http://www.elmanifiesto.com/articulos.asp?idarticulo=401

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