La Ciudad Inmortal

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El anarquismo individualista en España (1923-1938)

Por Juan Pablo Calero Delso

Reseña publicada en Bicel, boletín de la Fundación Anselmo Lorenzo y originalmente en el n.º 5 de Germinal. Revista de estudios libertarios

En el prólogo de El anarquismo individualista en España su autor se queja, con razón, de la falta de investigaciones sobre esta corriente del pensamiento libertario y la escasa atención científica que. en líneas generales. se presta al anarquismo. Pero Xavier Díez. escritor de una interesante obra literaria en catalán en verso y prosa, nos había acostumbrado al estudio de facetas poco exploradas de nuestro rico pasado ácrata con su libro Utopía sexual a la premsa anarquista de Catalunya, en el que a partir del análisis de las revistas Ética e Iniciales abordaba uno de los aspectos más innovadores y menos estudiados del pensamiento y la práctica ácrata, pudorosamente desdibujado en investigaciones académicas y memorias particulares.

De todos modos, resulta sorprendente el desinterés por esta corriente, cuando para muchos de nuestros conciudadanos, sobre todo los más ajenos al movimiento libertario organizado, el anarquismo se reduce a una actitud vital egoísta que, forzosamente, nos conduce al caos. Es habitual tropezarse con alguien que se declara anarquista sin más aval que la ausencia de cualquier rastro de ética personal. desdibujando los límites entre “el egoísmo burgués y el egoísmo individualista” que establecía Vicente Galindo Fontaura. Pero esta perversión del lenguaje no invalida que. como afirma José Álvarez Junco en una cita que se reproduce en el libro, “parece ocioso explicar que en la base del anarquismo se halla un individualismo extremo”.

También parece obvio que el anarquismo individualista debería gozar de una extraordinaria vitalidad en España, una tierra donde el ideario ácrata siempre ha concitado nutridos apoyos. Un fácil corolario que se vería reforzado por el carácter individualista que. tradicionalmente, se atribuye a los españoles. Se podría pensar que si todos los españoles somos individualistas por naturaleza y han sido numerosos los anarquistas en España, en la península Ibérica el anarcoindividualismo habría arraigado con fuerza. Por eso resulta paradójico que el anarquismo individualista haya tenido tan poco eco en nuestro país. según se desprende del exhaustivo análisis de Xavier Díez. Basta para sostener esta afirmación el dato, que se recoge en el libro. de que de las dos primeras ediciones en lengua castellana de El único y su propiedad, de Max Stirner, apenas se vendieron tres mil quinientos ejemplares, frente a las decenas de millares que se editaron de. por poner un solo ejemplo, La conquista del pan. de Piotr Kropotkin.

La debilidad del anarquismo individualista hispano no se demuestra exclusivamente por la escasa y tardía difusión de los principales pensadores de esta corriente, de los que Xavier Díez nos ofrece interesantes y completas síntesis, como el alemán Max Stirner, los estadounidenses David Thoreau, Josiah Warren y Benjamín Tucker o los franceses Émile Armand y Han Ryner, que serían los que más influyeron en España con sus propios textos o como puente para la recepción de los escritores norteamericanos. Tampoco hubo pensadores ácratas españoles que podamos adscribir sin ningún género de dudas a la corriente individualista; más allá de algunas influencias parciales, ni Ricardo Mella. ni Juan Montseny ni Fernando Tarrida del Mármol pueden ser calificados como anarcoindividualistas. Se podrá alegar que la falta de autores originales es común a todas las versiones del anarquismo y de la filosofía en nuestro país, pero otras tendencias libertarias pueden justificar esta debilidad teórica con una rica actividad práctica.

Sin embargo. las primeras publicaciones específicas anarcoindividualistas no vieron la luz hasta los últimos años de la Dictadura del general Miguel Primo de Rivera, casi simultáneamente a la fundación de la Federación Anarquista Ibérica (FAI), una coincidencia que nadie puede considerar casual: la irrupción del comunismo soviético obligaba a reafirmar las señas de identidad anarquistas en el proletariado militante. Cabeceras como Estudios, Ética, Iniciales. Al margen o Nosotros son estudiadas con detalle en las páginas de esta obra. De su análisis se desprende que el modesto desarrollo en España del individualismo es paralelo al de otras corrientes del ideario anarquista, y se explica por la fuerza del anarcosindicalismo y. en general. por la estrecha asociación que el movimiento libertario hispano estableció con el obrerismo.

A los trabajadores españoles, persuadidos por el colectivismo de Mijaíl Bakunin o por el comunismo de Piotr Kropotkin de la necesidad de una acción mancomunada para construir entre todos la nueva sociedad, el individualismo se les presentaba teñido de un cierto elitismo. una opinión avalada por las simpatías que esta tendencia libertaria encontró entre la intelectualidad española de finales del siglo XIX; la familia Montseny-Mañé y su Revista Blanca fueron los mejores y más duraderos representantes de este aristocratismo intelectual, como acertadamente señala Xavier Díez. Además, la visión que los individualistas tenían de la propiedad, un asunto capital en el movimiento obrero de la época, ahondaba la distancia entre anarcoindividualistas y anarconsindicalistas; “para el individualista, la propiedad es un hecho natural e inherente a la humanidad” nos dice el autor, una idea que entraba en abierta contraposición con la opinión mayoritaria de los trabajadores que. como Pierrre-Joseph Proudhon, afirmaban con rotundidad que “la propiedad es un robo”. Estas diferencias de los individualistas con los pensadores clásicos del anarquismo. ratificadas por las críticas de algunos contemporáneos como Luigi Fabbri, dificultaron el crecimiento de los anarcoindividualistas en España.

¿Significa que esa debilidad teórica y esa práctica insuficiente justifican la falta de interés por el anarquismo individualista? En absoluto. Este libro de Xavier Díez nos permite recuperar una propuesta teórica que forma parte consustancial del anarquismo; su atractivo no puede verse limitado, como diría Ricardo Mella, por “la ley del número”, por la cantidad o la calidad de sus seguidores. El individualismo y el apoyo mutuo son las dos caras de la misma moneda, y el anarquismo es la síntesis que debe conjugar estas propuestas aparentemente contrarias; del equilibrio entre ambos centros de gravedad depende la vitalidad del ideario libertario. El libro de Xavier Díez nos permite conocer la realidad del anarcoindividualismo en España durante la edad de oro del movimiento libertario hispano, y su conocimiento cabal y riguroso, el logos, nos permite desmontar algunas mentiras, el mito. sobre la explicación racial al arraigo del anarquismo en España y sobre el sustrato egoísta e insolidario del ideario ácrata.

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Tratado sobre la Tolerancia – Voltaire (1763) – Cien libros para el siglo XXI (009)

tolerancia-voltaireTratado sobre la Tolerancia – Voltaire (1763) – (009)

Si alguien ha reunido méritos en su existencia para obtener el calificativo de “librepensador” este ha sido Voltaire, pero no fue lo único que hizo, porque como defensor de la libertad, el señor de Ferney hizo del compromiso una profesión, no con las grandes ideas para configurar una sociedad mejor como su rival Rousseau, sino con las ideas para que la sociedad no fuera peor. Voltaire conocía la realidad y sabía que ninguna utopía podría resolverla.

A François Marie Arouet, que era su auténtico nombre, le debemos quizás las mejores páginas de la historia occidental contra el fanatismo, la superstición y el papanatismo (otra forma discreta de fanatismo), el intelectualismo friki de nuestros tiempos. El filósofo parisino se rió mucho y fue igualmente celebrado que denostado, e incluso perseguido, por los poderosos de su tiempo, igualmente políticos que religiosos. Con una singular ironía, que recuerda a nuestro ilustre Quevedo, zahirió la sociedad de su tiempo alcanzando la mordacidad más impía con su inteligencia y su palabra.

Lo mismo dirigía sus aceradas y mordaces diatribas al ampuloso Leibniz que al mismo Rey y como no, a Rousseau, el autor de “El contrato social”, al que consideraba paradigma de la impertinencia complaciente. No obstante, la iglesia católica fue diana de sus muy numerosas ocurrencias, y no porque fuera ateo (era deista), sino porque era racional, y la fe puede mover montañas, pero no mueve molinos.

Al grito de guerra de «Écrasez l’Infame!» (aplastad al infame), Voltaire propone no dejar de perseguir a los que tratan de imponer su voluntad a los demás contra el ejercicio de su libertad. Desde la ironía y el sarcasmo Voltaire vapuleó a los fanáticos, autoritarios, dogmáticos e intolerantes, considerando que lel respeto a pluralidad es una condición indispensable para a convivencia, tan importante como la propia conciencia a la hora de juzgar la realidad, cada uno por sí mismo.

Se puede decir que Voltaire, precisamente por su furibundo ataque contra los dogmatismos y su deriva totalitaria, es el primer filósofo que preconcibe el relativismo. Huyó en sus escritos de la grandilocuencia y el academicismo, a pesar de su inmensa erudición, porque su pretensión era la divulgación, que cada uno tuviera su propio criterio, que nadie se conformara con lo establecido por los poderosos. Quizás la aportación más importante a la filosofía que nos hizo Voltaire es la distinción entre la ética (que proviene de cada uno), de la moral (que es compartida por muchos y termina derivando en doctrina).

El ser humano debe reflexionar consigo mismo antes de dejarse atrapar por las ideas políticas o religiosas, por las distintas doctrinas que pretenden su configuración y ahormamiento, porque su condición última es la libertad, no la servidumbre al despotismo, sea ilustrado o salvaje.

Referencias

Sobre la obra

Ciudadseva

“Voltaire, el caos de las ideas claras”, por Iñaki Oneca Agurruza

El concepto de la Tolerancia, de Tomás Moro a Voltaire, por Eduardo Bello

Sobre el autor

Biografía Thales

Biografía Gorgas


Biografía El jinete insomne

Libro para descargar

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Espasa (Agapea 8,5 €)

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La tierra en el cosmos (Carl Sagán)

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